Las Epidemias
y el ‘Juramento’
«… que la voz Griega Επιδημικη, Epidemike,
en
Latín populariter grassans, significa aquella
especie de enfermedades, que a un
mismo tiempo
se hallan en muchos, y proceden de una causa común,
que casi
siempre es el ayre (sic)…»
(Prefacio
de Andrés Piquer a la traducción de Las Epidemias, p. 75)
Durante siglos, poco a poco, se fue manifestando un
importante cambio de mentalidad en lo que concierne a las causas de las
enfermedades y, sobre la base de un nuevo pensamiento, marcado por la reflexión
filosófica. La agudeza y el ánimo independiente de Hipócrates le llevó a
desligarse con las formas anteriores de hacer la medicina, dejaron de aceptarse
causas sobrenaturales, se abandonó considerar las influencias de los espíritus,
de los dioses y otros entes etéreos.
«Para Hipócrates no había enfermedades que fuesen más
divinas que otras, pues siquiera en el libro del Pronóstico dice, que en
ciertas afecciones es preciso admitir un quid divinum, esto no quiere decir,
sino que en algunas existe una causa desconocida que les da un carácter
especial y determinado» (Giné, p. 81).
En aquel tiempo, la ciencia médica germinaba como forma y parte
del pensamiento filosófico, y pasó a ser ejercida no solo por los “sacerdotes
terapeutas” de los tempos de Asclepio, sino también por sabios seglares
formados en las escuelas médicas, ya fueran la de Crotona (en el sur de la
península itálica), la de Cos y Cnido (en la costa de Anatolia) o la de Alejandría
(en el delta del Nilo, Egipto), entre otras.
Como nos señalan Lyons y Petrucelli, en su recopilación para
la historia de la medicina, los profesionales de la salud de este periodo
(siglos V y IV a.C.) de la Grecia clásica no observaban las dolencias y “la enfermedad
como un castigo divino” (Lyons y Petrucelli, p. 195), sino como una acción de
la naturaleza humana que alteraba el equilibrio de los humores por causas
conocidas o, en otras ocasiones, por motivos desconocidos.
Los “sacerdotes terapeutas” de los templos donde se
practicaban las sanaciones cedieron paso a los médicos instruidos en la
filosofía. Así, el adjetivo ‘hipocrático’ define a un grupo de profesionales
médicos que formaban escuela, no en el sentido de enseñanza y aprendizaje, sino
el de un grupo de profesionales (“técnicos”) que hace las mismas cosas con el
mismo método, siendo esta idea también una correcta definición de escuela, tal
y como se ha venido entendiendo para las escuelas desde la Antigüedad.
En tanto que filiación filosófica, la escuela médica de Cos,
liderada por Hipócrates, es considerada dogmática, cuyas ideas, según el
historiador Giné y Partagás, fisiológicamente se une al espiritualismo de
Pitágoras (Giné, p. 14). Esta escuela de Cos, dentro del pensamiento dogmático,
fue creada para la práctica médica por los familiares del propio sabio, a saber:
“Thesalus y Dracon hijos de
Hipócrates, Polibio, su yerno. Los tres fundaron la Escuela Dogmática…”(*)
(Font y Roura, p.7).
(*) “Los dogmáticos sostenían que el médico debe conocer, no
son solo las causas evidentes de las enfermedades, sino además las causas
ocultas y el juego de las acciones naturales de las diversas partes del
organismo” (Giné, p. 145)
Controversia sobre el Corpus Hippocraticum
Lo que más interesa a la historia como ciencia, en este
caso, es que los documentos del grupo de sabios cuyos escritos se amparan bajo
el epígrafe de Corpus Hippocraticum fueron reunidos en un valioso
conjunto de libros que, en su mayor parte, fueron recopilados en la biblioteca
de Alejandría.
No obstante, respecto a la autoría de los libros hallamos, desde
acérrimos seguidores, que piensan que fue Hipócrates quien escribió todos los textos,
hasta los que niegan la propia existencia del sabio. Pero, nos encontramos con
una amplia nómina de investigadores que han averiguado que algunos de los
textos sí se deben a la mano del insigne médico de Cos y constituyen uno de los
conjuntos bibliográficos más destacados de la sabiduría médica. Como decimos, hay
otros estudiosos que han concluido que redactó algunos libros de este Corpus,
basándose en estudios sobre estilo literario, las diferencias gramaticales, la época
de la escritura, incluso justificando los conocimientos médico-científicos de
cada momento.
Por ello, estimamos que se trata de una cuestión de agrupar
los libros escritos por los sabios que siguieron las doctrinas de Hipócrates durante
aquellos tiempos, incluso sabios de diversas “escuelas”, como es el caso de la
Biblioteca de Alejandría, donde, al parecer, fueron recopilados todos los
libros. En este sentido el Corpus Hippocraticum simboliza las enseñanzas
de este sabio, su vida, su conducta, aspectos que constituyeron el ideal que
muchos sanitarios a lo largo de la historia intentaron conseguir y que los
pacientes siempre buscan en sus médicos (Lyons y Petrucelli, p. 193).
Ciñéndonos estrictamente a los escritos de Hipócrates,
Galeno expresó que la mayoría de los textos de las Epidemias, eran
fragmentos, sentencias y anotaciones del sabio, sin intención de hacerlos
públicos, y que estaban reservados para su uso personal, por ello, se dice que “después de la muerte de
Hipócrates sus hijos Thesalo y Dracon,
y su yerno Polibio, completaron
estos apuntes y los hicieron públicos” (Giné, p. 76).
Giné y Partagás señala a nuestro sabio como autor de algunos
de los libros del Corpus: la Medicina
antigua; el libro de los Pronósticos y el de los Aforismo;
los volúmenes primero y tercero de las Epidemias; el llamado Régimen
de las enfermedades agudas; el de los Aires,
aguas y lugares; el libro de las Articulaciones; el
de las Fracturas; el libro de los Instrumentos de reducción;
el de las Heridas de la cabeza y el conocido Juramento de
Hipócrates (*) (Giné, p. 77 y ss).
Galeno y otros sabios ponen en su mano la pluma
del libro De Aire, aguas y lugares. Sobre este debate, el historiador Font
y Roura es quien adjudica a su hijo Thesalus la autoría de los tomos quinto,
sexto y séptimo de las Epidemias, a su otro hijo Dracon, lo considera escritor
del libro de los Prorrheticos, y a su yerno
Polibio le atribuye haber escrito varios libros como: el llamado De
la naturaleza del hombre, también el titulado De la naturaleza del niño,
y el llamado Régimen de las enfermedades (Font y Roura, p. 7).
(*) Unas líneas más abajo se expondrá la
controversia que suscita el llamado Juramento Hipocrático.
Las
Epidemias de Hipocrates (*)
(*) Podemos advertir que un original, en tres volúmenes, de esta obra ha sido consultada y exhibida en la Biblioteca Pública de Ciudad Real. Aunque nosotros estudiamos aquí el facsímil publicado por el Mº de Sanidad en 1987.
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| 1ª página de Las Epidemias, versión de Andrés Piquer (siglo XVIII) |
En líneas generales, al igual que los Pronósticos y los Aforismos,
el libro de las Epidemias está
constituido por sentencias breves, aunque podemos encontrar algunas de mayor
extensión. En el caso del documento que estamos manejando, se incluyen, además, en
el libro tercero comentarios sobre algunos casos de enfermos tratados por el
sabio de Cos.
Hipócrates anotaba continuamente todas las observaciones que veía
en sus pacientes y la descripción de las dolencias con precisión y
minuciosidad, hablando de la naturaleza y evidenciando sus características,
para conocer las enfermedades, buscando, si fuera preciso, leyes y semejanzas
de los males entre sí para, en la medida de lo posible, establecer
generalidades, como podemos colegir de las notas de Piquer en el prefacio,
cuando dice que Hipócrates, «… en estos Libros
de las Epidemias, estableció, sobre la observación de los particulares,
ejemplos universales…» (Prefación, A. Piquer; p. 73 del fácsimil).
Sentencia VIII del libro 2º y comentario de Piquer
«Sanguinis eruptiones
largae exnaribus soluunt multa.» (traducción latina)
El fluxo de sangre de las narices, si es
largo, quita muchos males.(traducción castellana)
VIII. Esta sentencia
coincide con la antecedente, y la hemos explicado en otra parte (a), porque
Hippocrates repite muchas veces. La sangre de las narices periódica hasta los
veinte y cinco años es indicio de hypocondrios -sic- y cabeza caliente, y
es el único preservativo de enfermedades graves si se arroja a sus tiempos, y
con abundancia…
(a)Véanse los Pronósticos, y las Epidemias.» (pág. 357 de la edición facsímil; pág. 15 del libro original)
Observaciones de la sección III
«I. En las calenturas
del Estío salían en el cutis, cerca del día séptimo, octavo, y nono, unos
granitos parecidos al mijo, muy semejantes a los que nacen de las mordeduras de
mosquitos, y los quales trahían poca comezón, y duraban hasta la crisis
-sic-». (*)
(*) En esta sentencia explica Piquer que Hipócrates se
refiere a las “petequias, puntículas y milios… con que se explican las
postillas cutáneas que salen a los calenturientos…” (Comentario de Piquer,
p. 373 fácsimil; p. 31 del libro original).
«II. El vientre no se
podía detener con remedios tomados por la boca, antes qualquiera juzgaría, como
cosa fuera de razón, el que aprovechase el curarle, dado que algunos era mucho
lo que arrojaban, por dormir echados en lugar frío para refrescar el cuerpo;
pero esta manera y forma de estar en la cama calienta -sic-».
Especialmente interesante consideramos la siguiente
sentencia y juicio de Hipócrates sobre los medicamentos, pues en esta máxima
nos indica los conocimientos previos que se deben tener en cuenta a la hora de
aplicar un remedio medicamentoso a una dolencia concreta, conocer sus
características, sus aplicaciones, sus bondades y sus peligros, cuándo y cómo
se han de recolectar para que sus propiedades actúen adecuadamente con el daño
que se desea solucionar:
«III. Debemos saber
las maneras de las medicinas, de dónde dimanan, cómo son, y de qué calidades,
porque no todas de un mismo modo, sino unas de una manera, otras de otra, están
bien dispuestas; y cogidas más presto, o más tarde se diferencian, como en
secarlas, machacarlas, y cocerlas y otras cosas, a este modo. Dexo muchísimas
cosas, como quáles son las que convienen a cada uno, en qué enfermedades, en
qué tiempo de la dolencia, y la edad, forma, e idea, la dieta, el tiempo del
año que tal es, y de qué modo camina, y otras cosas de esta naturaleza
-sic-».
Los siguientes pensamientos son ejemplo de las breves
observaciones de nuestro sabio para el cuidado que se debe observar con los
enfermos, aquí se podría apreciar ese tipo de nota para uso propio, que
posteriormente sería publicado por sus descendientes, como hemos indicado más
arriba:
«IV. Lo sanguíneo y
algo bilioso trahen regüeldos acedos: tal vez en estos para en melancolía
-sic-».
«V. Las mugeres, que
no tienen novedad alguna en los tiempos señalados de su preñez, paren fetos
vivos -sic-». (págs. 373-389 del facsímil; págs. 31-47 del libro original)
Casos de enfermos, sección segunda, libro 3º
«Enfermo Quarto.
»IV. Un enfermo
frenético, que el primer día se puso en cama, vomitó muchos humores verdes y
tenues: tuvo calentura con calosfríos: vinole mucho sudor sin cesar por todo el
cuerpo: peso con dolor en la cabeza y la cerviz: las orinas delgadas con una
pequeña nubecilla en medio del licor, la qual era desunida, y nunca se aposaba:
del vientre echaba excrementos
copiosamente: tuvo mucho delirio, y no durmió nada. El día segundo por la
mañana le faltó el habla: la calentura era aguda: no huvo intermisión: sudó:
tenía palpitaciones por todo el cuerpo, y en la noche convulsiones. En el día tercero
se acrecentaron todas estas cosas. En el quarto murió -sic-».
«Enfermo Quinto.
»V. Un calvo* en Larisa de repente fue acometido
de un dolor en el muslo derecho, y lo que se le aplicó no le sirvió de nada. El
día primero tuvo calentura aguda y ardiente, lo pasó con alguna quietud, pero
luego le bolvieron los dolores. El día segundo los dolores del mulso se
mitigaron, pero la calentura se hizo más fuerte: estuvo inquieto: no pudo
dormir: las extremidades del cuerpo se pusieron frías: echó grande abundancia
de orina, pero no buena. En el tercero se le quitó el dolor del muslo, pero le
vino el delirio, gran perturbación, y suma inquietud. El quarto acia el medio
día murió arrebatadamente -sic-».
(*) “Calvum in Larisa…”, así comienza el comentario de este
enfermo.
«Enfermo Sexto.
»VI. A Pericles en Abderas le acometió calentura aguda,
continua, con dolor: tenía mucha sed, ansias, y no podía detener lo que bebía;
solía este enfermo padecer del bazo, y peso en la cabeza. El día primero le
salió mucha sangre de la nariz izquierda, con todo, la calentura era muy
vehemente: hizo muchas orinas turbadas, y blancas, que aún dexandolas descansar
no hacía poso. En el segundo se acrecentaron todos los males: las orinas eran
gruesas y hacían más poso: las ansias se mitigaron, y durmió. El día tercero
disminuyó la calentura: las orinas fueron copiosas, cocidas, y tenían mucho
poso: la noche fue apacible. En el quarto acia el medio día le vino mucho sudor
cálido por todo el cuerpo, quedó sin calentura, hizo crisis, y no tuvo recaída
-sic-».
(págs. 495-501 del facsímil; 153-160 del libro original)
El Juramento hipocrático
“Juro por Apolo, médico, por Asclepio, Higia y Panacea y
pongo por testigos a todos los dioses y diosas, de que he de observar el
siguiente juramento, que me obligo a cumplir en cuanto ofrezco, poniendo en tal
empeño todas mis fuerzas y mi inteligencia. Tributaré a mi maestro de medicina
el mismo respeto que a los autores de mis días, partiré con ellos mi fortuna y
los socorreré si lo necesitaren; trataré a sus hijos como a mis hermanos y si
quieren aprender la ciencia, se la enseñaré desinteresadamente y sin ningún
género de recompensa. Instruiré con preceptos, lecciones orales y demás modos
de enseñanza a mis hijos, a los de mi maestro y a los discípulos que se me unan
bajo el convenio y juramento que determine la ley médica, y a nadie más.
Estableceré el régimen de los enfermos de la manera que les sea más provechosa
según mis facultades y a mi entender, evitando todo mal y toda injusticia. No
accederé a pretensiones que busquen la administración de venenos, ni sugeriré a
nadie cosa semejante; me abstendré de aplicar a las mujeres pesarios (*)
abortivos. Pasaré mi vida y ejerceré mi profesión con inocencia y pureza. No
ejecutaré la talla (**), dejando tal operación a los que se dedican a
practicarla. En cualquier casa donde entre, no llevaré otro objetivo que el
bien de los enfermos; me libraré de cometer voluntariamente faltas injuriosas o
acciones corruptoras y evitaré sobre todo la seducción de mujeres u hombres,
libres o esclavos. Guardaré secreto sobre lo que oiga y vea en la sociedad por
razón de mi ejercicio y que no sea indispensable divulgar, sea o no del dominio
de mi profesión, considerando como un deber el ser discreto en tales casos. Si
observo con fidelidad este juramento, séame concedido gozar felizmente mi vida
y mi profesión, honrado siempre entre los hombres; si lo quebranto y soy
perjuro, caiga sobre mí la suerte contraria”.
(*) pesario anticonceptivo: Instrumento que se coloca en la
vagina para impedir el paso de los espermatozoides al cuello uterino. (https://es.thefreedictionary.com/pesario)
(**) talla: Operación
cruenta para extraer los cálculos de la vejiga.
En torno a este documento de la profesión médica nos
encontramos ciertas controversias, tanto sobre la autoría como acerca de las
prácticas que en él se señalan. Nosotros no nos posicionaremos ni a favor ni en
contra. Algunos investigadores señalan contradicciones
entre este manifiesto y las doctrinas que enseñaba Hipócrates a sus discípulos,
pues el texto “… contiene tantas
afirmaciones como prohibiciones… las prohibiciones se refieren a los perjuicios
al paciente, los medicamentos peligrosos, el aborto, la cirugía, las relaciones
sexuales con el enfermo o sus familiares, y la revelación de los secretos concernientes
a la persona enferma… es probable que no forme parte de las obras de Hipócrates
y que no fuera utilizado por los médicos de Cos. El hecho es que está en
contraposición con algunos de los principios y prácticas hipocráticas…” (Lyons
y Petrucelli, p. 214).
Concluyen estos autores, acerca del Juramento, que existe la
posibilidad de que nunca formara parte de las doctrinas de las escuelas médicas
de Cnido ni de Cos, y que fuera un documento de los pitagóricos anteriores a
nuestro sabio añadido con posterioridad al sistema de Hipócrates; se basan en
que se recogen en él “las prohibiciones” de los seguidores de Pitágoras.
Además, Lyons y Petrucelli se preguntan los motivos por los que este documento
se ha considerado “símbolo de los compromisos de los médicos con su
profesión…, (en este sentido) las prohibiciones contra el aborto y los
contraceptivos estuvieron en total consonancia con los principios morales de la
iglesia cristiana de siglos posteriores…” (Lyons y Petrucelli, p. 215).
Bibliografía
-Anónimo. Juramento hipocrático.
-Font y Roura R. Las ocho épocas. Atlas
histórico-bibliográfico de las ciencias médicas, que comprende La Medicina,
Cirugía, y Farmacia, con los descubrimientos, obras, autores, sistemas,
doctrinas, etc, pertenecientes a dichas ciencias desde los tiempos fabulosos
más remotos hasta el día. Imprenta de D Ramón M Indar; Barcelona: 1845.
-Giné y Partagás J. Lecciones sobre la Historia de la
Medicina. Tip. José Conill; Barcelona: 1869.
(Biblioteca Digital Hispánica; PID: bdh0000051246).
-Lyons AS. y Petrucelli RJ. Historia de la Medicina. Ediciones
Doyma S. A.; Barcelona: 1980.
-Martí Ibáñez F. La Epopeya de la medicina.
-Piquer A. Las epidemias de Hippócrates. Con
observaciones prácticas de los antiguos y modernos. Oficina de Joachin
Ibarra; Madrid: 1761. Edición facsímil de la Biblioteca Histórico-médica de la
Facultad de Medicina de Valencia. Mº de Sanidad y Consumo. Secretaría General
Técnica; Madrid: 1987.
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