Lazareto de Maón: confinamiento, cuarentena, antiguamente «secuestro», pero también progreso en tiempos de guerra, 1813
«El costoso lazareto de espurgo -sic-*, que tiene adelantado la nación en la isla de Menorca, rivalizará con
los mejores de Europa».
(Hernández Morejón, Pensamiento de policía médica, p. 9)
(*) Expurgo: Limpiar o
purificar algo, entresacando lo inútil, sobrante o inconveniente. (Dicc. R. A.
E.)
Introducción: la historia de anteayer (1813) se repite hoy (2021)
La casualidad puso en mis manos una edición facsímil del libro titulado Lazareto de Maón o memoria descriptiva de sus obras. Llevando, además, por subtítulo: Reflexiones críticas sobre su estado actual y proyecto para que sea general y puerto franco en beneficio del comercio del Mediterráneo, que por lo que puede convenir, antes de arreglarse el ramo de sanidad, dedica al poder legislativo, Manuel Rodríguez. Mahón, 1813.
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| Portada de la edición facsímil |
En su sentido político hay que
destacar la fecha, 1813; que nos lleva a un momento palpitante y estremecedor
de la historia de España: la Guerra de la Independencia. Con la trascendental
mención y el compromiso explícito, en el propio subtítulo del libro, las Cortes
de Cádiz: «…al poder legislativo». Un parlamento en el que ya se hablaba acerca
de la soberanía nacional: cuando el poder reside en el pueblo a través de sus
representantes y no en la monarquía absoluta. De manera que una parte del país
era regida por una constitución liberal.
En un sentido social, el indudable beneficio para la población que este tipo de establecimientos, los lazaretos, podían ofrecer para la salud. Además de adecuar la protección al control de la higiene pública del país.
Y en el ámbito económico, aun estando inmersos en un gran proceso bélico, las cuestiones económicas no dejaban de tener importancia, como reza el mismo subtítulo: «puerto franco en beneficio del comercio Mediterráneo», y algunas reflexiones del interior de este informe.
En
tiempos de la pandemia mundial del coronavirus (SARS Cov2) * no estaría
de más releer la historia y los antiguos libros de medicina. Con toda seguridad
aprenderíamos mucho. La historia continúa sorprendiéndonos, no solo con sus
descubrimientos, sino con la actualidad de las propuestas antiguas.
Para
concluir esta introducción señalaremos la idoneidad de esta memoria dentro del
proyecto De Antiquis Libris Sanitate.
El Lazareto de Mahón, de Manuel Rodríguez Carazamana, es uno de los
libros seleccionados para esta investigación por diversos motivos: la
relevancia del momento, en 1813, y me atrevería a decir más: relevancia en la
actualidad, por la carga temática que llevan sus páginas de la introducción: epidemia,
pandemia, cuarentena (confinamiento), higiene pública, servicio público, nuevos
centros sanitarios, combatir las epidemias, “confinamiento perimetral”.
En lo que se
refiere al cuerpo del trabajo señalado por Rodríguez Caramazana, hay que
indicar también la actualidad del tema en cuanto a la necesidad de construcción
de centros sanitarios, tanto en aquel tiempo como en el presente. Se apreciará,
en función de los avatares políticos, la dilatación de la obra para la puesta
en marcha de la institución, la queja de la falta expertos adecuadamente
preparados en la dirección de las juntas sanitarias locales; la demanda del
conocimiento de la ciencia médica para el control de la higiene y la salud
públicas, etcétera.
(*) SARS CoV 2: Severe Acute Respiratory
Syndrome, coronavirus 2.
Manuel Rodríguez, un médico-militar liberal para la salud pública. Detalles
biográficos
Nacido en Villalpando (Zamora) en 1765, este militar y cirujano (1791), estudió posteriormente medicina, que terminó en 1801. Se doctoró en cirugía en 1802, fue catedrático en 1809, finalmente, también se doctoró en medicina en 1831. Participó como cirujano del ejército en las expediciones militares de la Guerra de los Pirineos, entre España y la “Convención Francesa” (1793-1795). Rodríguez Caramazana fue un notable personaje de la España liberal de aquel tiempo, académico de sociedades científicas españolas (Barcelona, Madrid, Cádiz, Santiago de Compostela, Mallorca, etcétera). Hacia el final de su vida, en 1836, fue designado Inspector de Cirugía para el Cuerpo de Sanidad Militar (Real Academia de la Historia, 2018; Biblioteca complutense, s.f.).
De pensamiento progresista (liberal) fue sancionado por el absolutismo de Fernando VII tras el “Trienio Liberal” (1820-23). Fue un firme impulso-promotor-organizador de la sanidad e higiene pública. Así nos lo demuestran algunos de sus escritos, entre los que se encuentra el estudio que exponemos hoy, el Lazareto de Maón. Su obra literaria abarca desde artículos periodísticos, como colaborador del Diario de Menorca, muchos de ellos relacionados con la sanidad, hasta obras de gestión sanitaria (Real Academia de la Historia, 2018; Biblioteca Complutense, s.f.).
Obras conocidas de Rodríguez
Caramazana
-Formulario cirújico -sic-
para uso del hospital militar de Mahón. Mahón; Imprenta de la viuda de
Fabregues, 1808.
-Carta de un facultativo a un
militar de primer egercito. 1813. (texto incluido en el libro del tratado
que estudiamos hoy)
-Modo de precaver a Menorca de
la peste Malta. 1813.
-Literatura médica.
Comentarios a la obra de Mateo Buenaventura Orfila, Toxicología general.
1816.
-Carta polémica dirigida desde
Mahón al redactor del diario complementario del Diccionario de las Ciencias
médicas de París, en refutación de un artículo del espresado -sic-
diccionario…, Barcelona; Imprenta de Juan Dorca, 1820.
-Cartas médicas.
[facsímil] Menorca; Real Academia de Medicina de las Islas Baleares/Instituto
Menorquí de Estudios, Editorial S. Rotger, 2005.
Nota aclaratoria de este estudio: Se ha considerado que los textos
que expondremos de esta obra u otras, serán adaptados a las grafías del
lenguaje en la actualidad, evitando la literalidad del documento original que,
aunque ciertamente entendible, podría entorpecer la clara interpretación durante
la lectura del propio texto con las continuas llamadas de -sic- *, siglas a las
que obliga una investigación rigurosa. Estimamos que con ello facilitaremos la
comprensión del lector sin que se distraiga la asimilación del mensaje que
conlleva el texto que proponemos. No obstante lo dicho, puede consultarse de
forma virtual el documento original en: a http://books.google.com
(*) sic: sic erat scriptum, “así fue escrito”.
La cuarentena («el secuestro») como solución a la pandemia
A propósito de un brote de peste
en el que hace referencia a unos sabios médicos que consideraron una epidemia
en el antiguo Egipto:
«…librarse del azote del
contagio encerrándose en sus casas, sin mantener comunicación alguna con los
apestados. De este modo hicieron ver a la posteridad que entre la separación de
los sanos y el secuestro (entiéndase
encierro, confinamiento) de los
enfermos bastaba para preservarse del contagio; de donde tomaron crédito los lazaretos, instituidos ya en el pueblo hebreo, empleados
contra la lepra por nuestros mayores, y contra la peste desde 1475…»
(Rodríguez, 1813, 5-6).
En el estudio que se está llevando a cabo
dentro del proyecto De Antiquis Libris Sanitate hoy toca hablar del
libro Lazareto de Maón -sic-, publicado en 1813. Una memoria sobre la
construcción, dotación y puesta en marcha de un centro para aislar (en lenguaje
de la época es «secuestrar y/o expurgar») a los viajeros y mercancías que
llegaban a la Península Ibérica antes de tocar cualquier puerto de la costa
mediterránea. Un centro de internamiento temporal, una cuarentena, para atajar
cualquier enfermedad contagiosa (por ejemplo, la fiebre amarilla), que
constituyera una epidemia procedente de otros puntos del Mediterráneo.
No obstante, aunque la base y la inteligencia
de esta memoria están referidas a la construcción y dotación de personal
adecuado para el lazareto y su dirección mediante una eficaz “junta sanitaria”,
en la introducción que plantea Rodríguez Caramazana se aprecia con total
nitidez la actualidad del tema al que, en aquel tiempo, se pretendía poner
solución: las epidemias de peste, fiebre amarilla y otras enfermedades
contagiosas procedentes de otros países y reinos del Mediterráneo.
Encontramos en este documento la conexión con
la actualidad en que se pretende atajar la expansión mundial del SARS CoV2, el coronavirus. Hay una plena
vigencia de aquellos postulados y normas para controlar las epidemias, son casi
absolutamente vigentes los miedos y válidas las medidas tomadas allá por el
final del siglo XVIII y los inicios del XIX. Temores de la sociedad y
disposiciones de las autoridades que son hoy, siglo XXI, igual que anteayer,
siglos XVIII y XIX, la búsqueda de la salud pública.
La gran pregunta sería: ¿hemos aprendido algo
de la historia? Obviamente no. No leemos historia, no aprendemos de los hechos
del pasado, somos soberbios y no queremos que nos den lecciones, y menos los
eruditos personajes del pasado. Y me pregunto: ¿acaso ahora sabemos más que ellos?
La soberbia y la arrogancia son antivalores, tanto humanos como sociales.
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| ¿Aprendemos del pasado?, (pág. 42) |
No sabemos, o no queremos darnos cuenta, de
que los hechos del pasado nos
sorprenden muy gratamente con su
sabiduría y su enseñanza, los
sucesos del pasado nos ayudan a entender el tiempo presente, a posicionarnos y a salir airosos de situaciones
complejas.
Como decimos, la plena actualidad del texto
que se propone hoy no deja dudas. Aquel tiempo, 1813, en el que habla Rodríguez
Caramazana, es el hoy, enero de 2021. Leamos el siguiente párrafo y
reflexiones, sobre lo que en aquel tiempo se hizo mal y comparémoslo con lo que
hoy se ha vuelto a hacer mal (enfatizamos y destacamos aquellas semejanzas del
pasado no aprendidas en el presente):
«Este hallazgo afortunado (el lazareto), que no pudo ser obra de hombres iletrados, padeció los eclipses consiguientes
a todos los grandes descubrimientos: la inadvertencia, la precipitación y la
necesidad, dieron lugar muchas veces, o a que salieran del encierro antes de tiempo los secuestrados (encerrados),
o a que, queriendo conciliar la
incomunicación con el trato exterior sirviéndose de arbitrios intermedios, se contagiasen, resultando por consiguiente inútil el
preservativo en uno y otro caso. De este modo un descubrimiento de sí muy
provechoso manejado con inteligencia, fue despreciado como impotente por no conocer los ignorantes las
circunstancias que favorecían o contrariaban su eficacia. Así hubiera quedado este precioso hallazgo y entregados los hombres a la incertidumbre
y a la desesperación en tiempos de peste, si los físicos, nacidos para
socorro del género humano,
no hubieran llamado nuevamente la atención de los pueblos hacia este objeto, ensayando nuevos experimentos. Por
ellos quedan comprobadas dos
verdades desde entonces: primera, que el secuestro para ser
remedio ciertamente preservativo, sobre ser absoluto, no debía bajar de
cuarenta días; y de aquí tomaron principio las cuarentenas; segunda, que las sustancias
blandamente esponjosas y de superficie desigual, como lana, algodón y seda,
eran muy propias para conservar la potencia contagiante -sic- y para comunicar la peste, deduciéndose de
esto las ideas de los contumaces. (Rodríguez, 1813, 6).
¿Qué
podemos colegir de estas palabras?:
-Que hubo, y hay,
advertencias y avisos que no se consideraron ni consideran oportunos ni social
ni políticamente. Incluso, “políticamente incorrectos”.
-Que se
levantaron, y se levantan, los confinamientos antes del tiempo adecuado.
-Que no se
estimaron, ni se estiman, los conocimientos científicos favorablemente para
preservar la salud, sino de manera sesgada, según los intereses particulares,
léase políticos y económicos.
-Que los
conocimientos de los expertos, «los físicos, nacidos para el socorro del
género humano» fueron (algunos), y son (algunos), manipulados a
conveniencia, ya sea en el siglo XIX o en el siglo XXI.
-Que el
confinamiento, «secuestro», cuarentena o aislamiento era una acción eficaz
entonces y ahora. ¡¡Eso sí, en la actualidad un “cierre perimetral”, suave,
con alguna que otra licencia o privilegio!!
-Que
existían, entonces y ahora, los contumaces contra cualquier medida de
salud e higiene pública, ya sean los políticos contrarios, los negacionistas, los
anti-vacunas, los incrédulos, los interesados en algo particular, etcétera.
Otro autor,
Hernández Morejón, compañero de armas y faenas médicas de Rodríguez Caramazana,
apunta similares ideas de plena vigencia entonces, ¡y ahora!
«Mientras
que la humanidad hace votos para que se forme un código de salud pública que uniforme los procedimientos de las
juntas municipales del reino, y que convendría afianzarlo no solo con la
constitución política, sino también con nuestras prácticas religiosas, y se establezca un sistema científico de
policía civil, que tan precisamente exige el costoso lazareto de expurgo
que tiene adelantado la nación en la isla de Menorca, que rivalizará con los
mejores de Europa; supongamos al contagio de la fiebre amarilla entrando en
alguno de nuestros pueblos y los principales motivos porque se propaga. La ignorancia y espíritu de partido de
algunos médicos; la sed de oro del comercio, y los inmorales esfuerzos de las juntas de sanidad para
disimular, ocultar y aun desmentir el contagio, temerosas de verse
acordonadas, e interceptado su giro y relaciones; he aquí las principales y más poderosas causas que inutilizan los
preciosos momentos de extinguir el contagio en su origen…» (Hernández
Morejón, 1812, 9-10).
La salud y la beneficencia
públicas, primeros pasos en la Constitución de Cádiz
Un poco antes de la publicación
del libro de Rodríguez Caramazana su compañero en el ejército, también médico,
Hernández Morejón disertó sobre la necesidad de centros adecuados para
salvaguardar la higiene y la salubridad públicas.
«Si las
autoridades en los pueblos en donde se temen o entran las pestes y contagios,
adoptan los reglamentos de policía que han presentado los sabios, éstos sí que
pueden lograr extender y familiarizar en un pueblo, en una provincia su
beneficencia, debiendo serles a los hombres tanto más gloriosas y gratas las
prevenciones, quanto es más grande y sublime precaver los males que curarlos»
(Hernández Morejón, 1812, 4-5).
Al
inicio de la contemporaneidad, siendo evidente la carencia o pobreza de
sistemas normativos de la salud, el cambio de mentalidad, producido desde los
tiempos de la pasada Ilustración, favoreció el ascenso del liberalismo burgués
a cotas de poder antes vedadas a este grupo social en ascenso: la burguesía.
Así, las reformas, y las llamadas “revoluciones burguesas”, favorecieron el
cuestionamiento de esa carencia y falta de códigos sanitarios y de policía
médica. Propiciando la aparición de nuevas normas y de sistemas de protección a
la salud, más o menos normativizados; por ejemplo, la beneficencia.
Posteriormente, ya mediada la centuria decimonónica, aumentaría esta protección
social a la salud con las “sociedades de socorros mutuos”, impulsadas por los
trabajadores.
Un nuevo modo de gobernar mediante la reunión de representantes para
la elaboración de constituciones políticas de carácter liberal, democrático y
burgués atrajo a su vez, en otros campos de la vida, el progreso y el avance en
los conocimientos técnicos y científicos. En el ámbito de las ciencias de la
salud, véase, por ejemplo, el nuevo sistema anatomoclínico en la ciencia médica
de la primera parte del siglo XIX. Sanitariamente España necesitaba de este
proceso de apertura, tanto de política liberal como normativa sanitaria:
«La España carece de un código legislativo de
sanidad: tampoco ha tenido una escuela donde pudiera aprenderse la importante
rama de la administración de salud pública …». (Hernández Morejón,1812,8).
En el caso hispano la Constitución de 1812 supuso la apertura a nuevas
actitudes políticas y sociales favorables a la sanidad pública.
Las primeras referencias que hallamos en esta norma legislativa son
los artículos 131, que dice: «Aprobar los reglamentos generales para la policía
y sanidad del reino…» (Constitución de Cádiz,1812, 42); y el artículo 321,
cuando expresa que los ayuntamientos se encargarían de velar por la «policía de
salubridad… (así como) cuidar los hospitales, hospicios…» (Constitución de Cádiz,1812, 42 89-90).
La “Pepa” fue el inicio de unas políticas sociales nuevas que tenían,
además, el objetivo de mejorar la salud de la sociedad, ya fuera aceptando el
paradigma científico-médico de la medicina anatomoclínica, o bien el diseño de
políticas de beneficencia, otorgando esta última tarea a las administraciones
locales, para conseguir una sanidad pública más extendida territorialmente.
En palabras de Elena Maza el artículo 321 de la Constitución de Cádiz
«reclamaba, por primera vez para el Estado, y los organismos públicos, la
asunción y el control de la asistencia social… (siendo este proceso) un pionero
intento secularizador…» (Maza, 1999, 29). Favoreciendo, desde todos los ámbitos
políticos, las posibilidades de avances médico-sanitarios y científicos, que
recortaba, mejor dicho, nunca contemplaba el Antiguo Régimen (Pozuelo y Redondo,
2012). Como señala Viñes Rueda, “el Estado fue adquiriendo un entramado
organizativo sanitario… con sucesivas reformas legislativas…” (Viñes, 2006).
Y, aunque en este largo y farragoso proceso de la política social
decimonónica en España hubo retrocesos, incluso referenciados en normas y leyes
retrógradas, “el avance del saber médico, que reclamaba más libertad, sin las
ataduras del Antiguo Régimen” consiguió un adelanto innegable (Pozuelo y Redondo,
2012).
La nueva construcción del
lazareto de Mahón: una necesidad de salud pública
El origen de una institución
parecida viene de antaño en esta isla. Fue utilizada desde la Baja Edad Media
como sitio donde hacer una cuarentena, “secuestrar” * los barcos, bastimentos
(mercancías, ganados, etcétera) y personas que navegaban hacia la península. La
nueva andadura de este establecimiento comenzó con una Real Orden del rey
Carlos III, el 14 de septiembre de 1787.
(*) secuestrar:
Aclaración del Dicc. RAE: Del latín
tardío sequestrāre ‘poner en depósito’,
‘separar, alejar’.
Las
Islas Baleares fueron el epicentro de las rutas marítimas del Mediterráneo,
conectando las costas europeas con el norte de África y del Oriente Próximo, y
viceversa. Y, por ende, fue refugio, o sede, o lugar de control y espera y
«cuarentena» para poder continuar su navegación hacia los puertos de destino en
la península. Como digo, las Baleares, y concretamente la isla de Menorca,
fueron testigo y centro de control de pestilencias y otras enfermedades
contagiosas a lo largo de la historia: desde la peste, el cólera o la fiebre
amarilla (Buenaventura, 2020, 11-14).
Pero,
nos centraremos en la construcción, o reacondicionamiento, del lazareto que nos
reúne hoy. Ya rondaba una sección de aislamiento allá por el siglo XV, era una
dependencia sanitaria en el propio puerto, conocida como La Consigna,
que fue utilizada como centro de “secuestro” y separación en la isla; también
la isla llamada “de la cuarentena”; la isla de Colom (que fue sede sanitaria
durante algún tiempo); y la isla de san Felipet (antigua península). Menorca fue,
a lo largo del siglo XVIII un territorio dominado principalmente por los
británicos, y durante un lapso por Francia, finalmente, pasó a la Corona española.
La política sanitaria desarrollada por los borbones hispanos se llevó a efecto
mediante una gestión centralizada y jerarquizada (Bonastra, 2017).
Esta
labor requería de una importante actuación en la renovación y reconstrucción de
las viejas instalaciones. El marqués de Floridablanca consiguió la firma de
Carlos III de la Real Orden, en 1787, para la construcción del lazareto en la
isla (Bonastra, 2017; Martínez, 2013).
Plantea
Rodríguez en esta memoria numerosos aspectos, tanto críticas a lo que se venía
haciendo como a la necesidad de nuevas propuestas para la dotación financiera y
de personal, incluso ofrece un balance económico notificando las excelencias
del aspecto comercial y de las ventajas que tiene adecentar un lazareto cercano
a la península, justamente en esta isla de Menorca.
«Los lazaretos, habiendo pocos en una nación, con que tengan las favorables circunstancias del de este puerto, son el medio infalible de asegurar la salubridad de los pueblos, la tranquilidad del gobierno, y la expedición del comercio. Si este lazareto hubiera estado organizado, y en uso desde el otoño de 1800 ¿cuántas vidas y millones más tendría la madre patria? Bien sabidos son los gastos de nuestros barcos en los lazaretos extranjeros…» (Rodríguez, 1813, 27).
El diseño fue encargado al arquitecto (ingeniero militar) Francisco Fernández de Angulo, que siguiendo las nuevas tendencias higiénicas y de salubridad de estas instituciones ofreció un proyecto de “hospital en pabellones, con todos los departamentos e infraestructuras necesarias para su buen funcionamiento. Así, las dependencias se establecieron en base a la necesidad de aislamiento y control en las diversas fases de contagio de las enfermedades, una vez valorado por los equipos médicos. Hay que hacer notar, también, que se agrupaban los pacientes por medio de una discriminación y separación de tipo social (Bonastra, 2017).
En la larga cronología de la construcción del lazareto se pueden establecer los siguientes hitos en el tiempo: se inició el proyecto el año 1775. Tras el impulso de la Real Orden, de 14 de septiembre de 1787, comenzaron las obras en 1793, que finalizaron el año 1800. Después de los diversos avatares de la compleja situación política en España el centro fue inaugurado el 17 de julio de 1817 (Martínez, 2013; Bonastra, 2017).
Los textos y las ideas de
Rodríguez Caramazana
«Pocos puntos podrán indicarse
en la costa meridional de la península, en todo lo que baña el mediterráneo más
apropósito, para servir de lazareto general, como Menorca. Situada esta isla a
19 grados, 38 minutos, 15 segundos E. de longitud; y a 39 grados, 52 minutos,
10 segundos N. de latitud del meridiano de Cádiz; a bastante distancia del
continente para no temer su infección, y a la mano al mismo tiempo para
guarecerse en ella a todas las embarcaciones
contagiadas, pertenecientes a los puertos comprendidos entre el cabo de Creus y el Estrecho de
Gibraltar; estando al paso de comercio de levante y costas de Berbería con
España, lo que ofrece muchísima oportunidad para que estas embarcaciones hagan
sus cuarentenas y expurgos antes de
tocar en la península… que no hay puerto
alguno (del mar Mediterráneo)…
de donde no puedan venir las embarcaciones a este lazareto, como lugar más a
propósito para hacer cómodamente en él
sus cuarentenas y expurgo. Para ello ofrece su puerto las mayores comodidades
del mundo: capaz de todas las escuadras conocidas, inapreciable por su fondo y
seguridad, y defendida su boca por varias baterías en una y otra costa, que
cruzan sus fuegos, da superior recomendación a Mahón, para que pudiendo ser emporio del comercio de levante, y el almacén general de sus mercaderías,
sirva al mismo tiempo su lazareto de centro de expurgo para que se distribuyan desde aquí, sin
riesgo, a la península, y sea el origen de nuestra futura prosperidad…» (pp. 9-11).
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| Geografía de Mahón |
«Persuadido,
sin duda, nuestro gobierno de estas razones y de la gran utilidad que de la
construcción de este lazareto se seguiría, tomó sus medidas en 1793 para
llevarle a efecto, y para elevar un monumento a la humanidad, no menos
respetable por su objeto que por la suntuosidad de la obra, teniendo presentes
para ello los planes de los lazaretos más acreditados de Europa…» (p. 11)
Nuestro autor
pasa seguidamente a hablar de la ubicación del edificio (“bellísima situación”)
en la costa norte de la isla, así como la ponderación de las diversas medidas
del mismo, su adecuada situación de los puertos para numerosas embarcaciones,
ya sean civiles o de la marina de guerra.
«Acercándonos
más al lazareto y examinando en sí mismo su disposición, se observa ceñido de
una muralla común bastante gruesa… de 27 pies de elevación y 1.440 varas de
circunferencia, que mediante cuatro puertas magníficas… conducen a tres
departamentos ya construidos y en estado de servicio, pertenecientes a las
patentes sospechosa, sucia, y tocada*, circuidos
separadamente por un muro particular…» (p. 12)
(*) tocada: el lugar de las personas afectadas por una
enfermedad pestilente. De las diversas definiciones encontradas en el Diccionario
de la RAE, pensamos que la más acertada habla de tocado como un adjetivo
coloquialmente utilizado para enfermos o contagiados.
Estructura del recinto
Entre otras dependencias necesarias
para este tipo de centros, como almacenes, enfermerías, puestos de guardia,
cocinas, etcétera, destacamos los departamentos para atajar y controlar el
distinto grado de contagio de la enfermedad:
«Departamento
de patente sospechosa. Está destinado este departamento para recibir en él
las personas y efectos, procedentes de puertos sospechosos o que han rozado en
la mar barcos tenidos por tales…» (seguidamente va describiendo la
estructura y las dependencias, habitaciones, cocinas, medidas y ponderación de
cada parte, incluso si hay que aislar ganado y animales, que tiene este
departamento) (p. 13)
«Departamento
de patente sucia. En este departamento deben recibirse las personas
y efectos de barcos que viniendo de lugares apestados o habiendo obtenido en el
camino roce con quien lo está, se reputan de patente sucia…, finalmente está distribuida esta patente con tal
inteligencia, que pueden habitar en ella, sin roce, las diversas tripulaciones,
que vayan entrando, y se hallen en distintas épocas de cuarentena y expurgo.
¡Ventaja de alta consideración en un lazareto general!». (p.13-14).
«Departamento de patente tocada. En lo más oriental, elevado y seguro del lazareto está este departamento, que construido a modo de hospital, y compuesto de tres enfermerías separadas entre sí, rodeadas de su cerca peculiar, dividida cada una en seis piezas, con sus cocinas, pozo de agua potable, laboratorio, zaumerios (sahumerios, perfumadores) y comunes, sirve para recibir las personas afectas de enfermedades pestilenciales. Tiene además, una alta torre para habitar un vigía, verjas dobles de fierro, al través de las cuales puede hablarse desde la patente sucia con los enfermos y sus asistentes, proveerles de lo necesario, &c. (etcétera)». (p.14).
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| Copia del plano del lazareto Fuente: El lazareto en el puerto de Mahón, pág. 9 |
«...Así
pues, resumiendo cuanto contiene, este edificio, resulta: que consta de 1
muralla común, de 3 particulares, de 5 torres para vigías, 141 habitaciones, 7
almacenes con 120 poyos para serenar los contumaces *, 2 enfermerías para
indisposiciones ordinarias, 3 para apestados, 5 zaumerios, otros tantos
laboratorios, 49 cocinas, 53 comunes, 1 capilla, 30 tribunas con locutorio, 6
cisternas, 2 norias, 9 pozos, 5 huertos, 2 caballerizas, igual número de
corralones, cuerpo de guardia, con el correspondiente surtido de chimeneas, imbornales
**, rastrillos, verjas, escaleras, puertas, ventanas, llaves subalternas y
maestras; todo rotulado y distribuido según el mejor orden y exquisito gusto…,
que promete halagüeños auspicios a los navegantes, que teniendo la desgracia de
ser apestados, conduce la providencia al lazareto de Mahón…» (pp.14-15)
(*) “poyo para serenar contumaces”: banco de piedra
para tranquilizar a los rebeldes.
(**) imbornal: Abertura practicada en la calzada,
normalmente debajo del bordillo de la acera, para evacuar el agua de lluvia o
de riego (Dicc. RAE). Entre otras definiciones creemos que esta es la más
correcta en este contexto.
Estado general del
centro en 1807 y otras necesidades
Rodríguez Caramazana expone la
necesidad de la institución que debe ser dotada con más departamentos, pues
bajo el punto de vista médico-asistencial el lazareto está inacabado. Así mismo,
da cumplida cuenta de la financiación presupuestaria que precisa para su buen
funcionamiento. Y, aunque oficialmente no comenzó sus actividades hasta 1817,
sí hubo diversos episodios en los que el centro acogió en cuarentena enfermos y
buques, como señala este autor en su memoria:
«Desde el
1793, en que se principió la obra, hasta el 1807 en que se concluyeron los tres
departamentos actuales, dirigió el lazareto y sus obras una junta… Los cinco
últimos años ha cuidado del edificio… De esto se deduce no haber estado el
lazareto organizado hasta el día, como debiera, para desempeñar el benéfico y
grandioso objeto para cuyo logro se han gastado 5.632.746 reales vellón y dos
maravedises. Lo aflictivo de las circunstancias ha precisado algunas veces a
recurrir a él, no obstante la falta de arreglo, como sucedió en 1803 con varios
buques guardacostas del Rey; en 1809 con los militares enfermos procedentes del
primer ejército, en 1810 con la tripulación y efectos del místico 33, *** y la del navío guerrero de la marina
nacional, tocados de calentura amarilla adquirida en Cartagena; en 1811 con los
enfermos y empleados del hospital militar de esta plaza por haber tenido roce
con los del navío de S. M. B.**** el Temerario e Invencible, que suponían padecer aquella misma
dolencia…» (Rodríguez, 1813, 16-17).
(***) místico: Embarcación costanera de tres palos, y
algunas veces de dos, con velas latinas, usada en el Mediterráneo. (Dicc. RAE).
(****) Según un informe de fecha anterior se trataba de dos
navíos de la marina de Su Majestad Británica que hicieron su cuarentena en este
lazareto, aunque aún no estaba inaugurado. (Para conocer más en profundidad
este acontecimiento véase Buenaventura Pons, A.
MAHÓN-PORT. LOS LAZARETOS (I) EL REAL LAZARETO DE MAHÓN (1ª PARTE), p. 93 y
siguientes; 2020).
Órganos rectores: la junta de
sanidad, los vocales y la escasa ciencia. Pequeña historia
Con rotundidad explica
Rodríguez la escasa instrucción que
tiene la junta sobre el funcionamiento del lazareto en circunstancias de
presión sanitaria y de la incomprensión de las labores y funciones de la “junta
de sanidad de mahón; ni tampoco del número de vocales…” (p. 17). Así, comenta
nuestro autor muy brevemente la historia de este órgano rector y de su origen:
«...el origen
de esta junta de sanidad por conjeturas, debería tenerse presente para ello que
habiendo habido en la ciudad de Palma del reino de Mallorca, desde principios
del siglo XV, un médico morbero encargado de vigilar sobre las
enfermedades pestilenciales, quien unido a siete personas sabias en 1475
formaron la primera morbería o junta de sanidad en aquella isla… Se sabe
que la isla de la cuarentena ha sido durante muchos años el paraje en que se
confinaban los buques, hacían su observación los detenidos y el expurgo los que
lo habían menester; no habiendo sospecha de gran riesgo, pues habiéndola se
ponían los enfermos y los contumaces en la isla de Colom*****, como sucedió con
nuestro esclavos apestados en 1787, procedentes de Argel…» (p. 18)
Al
parecer en un primer momento fueron rescatados 263 esclavos españoles (otras
fuentes indican que el número fue de 268), con posterioridad se liberaron otros
99 (Sabater, 1984, 79), pero fue una epidemia de peste en aquellas tierras lo
que hizo que la regencia de Argel (por entonces provincia dependiente del
sultán otomano de Constantinopla) liberase a los esclavos hispanos, según los acuerdos
del Tratado de Paz de 1786 (Sabater, 1984).
(*****) Isla de Colom: situada al norte de Menorca
cerca del puerto de Mahón.
Una “cantinela” actual
(2020-2021) del año 1813
Con firmeza Rodríguez elabora en
su memoria una crítica acerca de los componentes de la junta sanitaria,
carentes en muchas ocasiones de conocimientos e interés por la higiene y
sanidad públicas:
«…¿infundirán
bastante confianza sus decisiones para deponer en ellas nuestra seguridad, y
para que estos individuos, respetables de otra parte, merezcan la dirección del
ministerio exclusivo de conservadores de la salud pública? Ignorando el
mayor número hasta el sentido de los términos más triviales del código
sanitario, no teniendo noción alguna de los miasmas, de los focos, de las causas
que los multiplican o aniquilan, del modo cómo se inoculan, propagan y
desarrollan; sin principios de higiene publica ni privada, ¿podrán conocer las
enfermedades, sus causas y diferencias?... Lo más admirable suele ser que
recurriendo a la junta los interesados, se ve precisada, en fuerza de su
nulidad a veces, a haber de rebajar la mitad o más del tiempo de la
cuarentena decretada, sin más fundamento que el que hubo para imponerla.
¡Como si pudiesen hacerse transacciones con la peste!… La cantinela, con
que se pretende satisfacer a estas dificultades, suponiendo que para
esto tiene la junta sus facultativos, es ilusoria y puramente evasiva, pues
sobre envolver un error de política absurda y dañosa a la causa pública,
de autorizar para decidir y ordenar a los legos, porque se han aconsejado con
letrados; se sabe que no siempre que es necesario recurren a este medio; que
las consultas no las presentan bajo el aspecto debido para ser bien comprendidas…
debemos convenir en que para fundar un
dictamen científico, se necesita analizar el punto que se propone, despejarlo
de los incidentes que lo oscurecen, deducir de él las consecuencias y resolver
breve y claramente. En los asuntos, pues, de sanidad como embebidos todos
en las ciencias naturales y principalmente en la medicina, exigen muchas veces
que se refieran algunos acontecimientos pertenecientes a otras epidemias…»
(pp. 20-21).*
(*) Volvemos a destacar en negrita ciertas frases de este
párrafo es para resaltar la indudable actualidad del tema. Así como el
innegable desconocimiento de la historia que podría solventar no solo problemas
sino aderezar actitudes políticas negativas, de todos los tiempos, tanto
pasados como actuales.
Las
juntas de sanidad: datos del pasado, crítica y propuesta del control morboso
«Ni se diga que esta ha sido
la práctica inconcusa * de todos los tiempos; pues las funciones del sacerdote
médico encargado de la policía de los leprosos entre los hebreos, las del
médico morbero que existía en el siglo XV en el reino de Mallorca, las del
despachador del de Valencia y la de los alcaldes de lepra creados por los reyes
católicos en 1477, 1491 y 1498, para que las ejercieran los más sabios
facultativos, en nada se parecen, habiendo sido activas y jurisdiccionales, a
las subordinadas de los inspectores de epidemias y consultores de sanidad
actuales…» (Rodríguez, 1813, 21-22).
(*) inconcusa: 1. adj. Firme, sin duda ni
contradicción (Dicc. R. A. E.)
Rodríguez hace
una extensa crítica a la configuración, fundamentalmente “política”, de estas
juntas de sanidad por instituciones y miembros inexpertos, pues
«…privadas por lo común de ideas científicas de higiene pública, en lugar
de alentar el celo de los facultativos, tal vez lo contrarían, lo modifican o
tergiversan según su capricho o particulares miras. ¿No se ha visto prescindir hasta
de pedir dictamen a los inspectores de epidemias?... Es menester decirlo sin
rebozo el haber privado a los facultativos de la administración activa en los establecimientos
de salud, ha hecho cometer a los gobiernos los más crasos errores…» (p. 22).
«A las antedichas nulidades de la junta
actual de Mahón debe añadirse… la de que los vocales morberos, jurados y los
facultativos se mudan cada año,
quedando permanentes no más el comandante general, que por lo común no asiste a
ellas, el capitán del puerto, cuyo sujeto, aunque no falta… le queda poco
tiempo para pensar en otros asuntos, y el secretario, que siéndolo también del
ayuntamiento, apenas puede mirar los negocios de sanidad sino como segundarios,
o de menor importancia. Así sucede que a
la mala disposición de los vocales se junta la novedad, la ignorancia de las
órdenes… por manera, que cuando
comienzan a entrar en el giro ordinario de sanidad, y muchas veces antes de
entenderlo, siendo otra vez relevados
del encargo, ceden la plaza a otros
nuevos… haciéndose esto un círculo
eterno de errores, que es imposible remediar sin destruirlo… no
es aquí la ciencia, la probidad y la firmeza de carácter quien decide la
elección; no se necesita ser doctor, licenciado, o tener graduación alguna;
el buen nombre, el concepto de literato, la fama pública, son circunstancias
indiferentes para ser médico o cirujano de sanidad (1)… Por último, la junta de sanidad carece de
reglamento fijo de gastos. No hay señalamiento determinado para cada buque; y
así la cuenta y razón debe ser por lo tanto dudosa…».
La ácida nota
de esta página de Rodríguez dice: «(1): En
Menorca es médico, cirujano y boticario; médico y cirujano en una pieza; y
comúnmente cirujano, médico y boticario a un tiempo el que quiere, sin que se
le obligue a presentar documento alguno de suficiencia. No es más difícil el
establecimiento de una botica que el de una taberna o una tienda de aceite y vinagre. ¿Hasta este punto ha llegado la
estúpida indolencia de los gobernantes anteriores? No tolerar que el sastre, el
zapatero, el molinero… ejerzan sus
oficios mecánicos sin aprendizaje y
maestría, en que solo se arriesga una pequeña parte de los bienes, y favorecer
el que manejen las vidas de los ciudadanos cualquiera hombre oscuro, desentendiéndose de las leyes: son
circunstancias contrarias a la buena civilización de los pueblos. (pp. 23-25).
(*) Se refiere aquí el autor a los gobiernos anteriores a la
Constitución de 1812.
Reorganización del Lazareto en Mahón
Seguidamente presenta Rodríguez
un “Proyecto de organización del lazareto
de esta plaza”, con todas las necesidades cubiertas adecuadamente, así lo
primero que propone es el órgano rector de la institución, la junta de sanidad:
«…Hasta que la constitución política de la
nación * ha restablecido a todos los españoles en la dignidad de ciudadanos **,
se contó menos para la formación de las juntas de sanidad, con la sabiduría y
el mérito, que con la riqueza y el poder, sin que fuera nulidad para dejar de
ser vocal, la ignorancia, la pusilanimidad y el roce de los intereses del
público con los particulares, que rara vez concuerdan con las medidas activas y
rigurosas de la política sanitaria. Para que esto no suceda en lo sucesivo
deberían sacarse los vocales, no facultativos, de todas las clases del estado;
pues siendo la salud individual una alhaja propia, que nadie enajena para ceder
a otro, pertenece a cada uno su conservación. Por este principio tan simple
como luminoso, se deduce pertenecer a todos la vigilancia y uso de los medios
que aseguran la salud de los pueblos… Cuando el ciudadano español abdica una
parte de la soberanía para investir a un Rey, y constituir un gobierno,
entiendo que no cede su salud y su vida sino en cuanto es precisa para defensa
y bien estar de la patria…» (pp. 28 -29)
(*) Nuevamente se refiere a la Constitución de Cádiz.
(**) “dignidad de ciudadanos”, la soberanía reside en el
pueblo, no en la figura del monarca.
Continúa
Rodríguez exponiendo la necesidad de cubrir con personal idóneo cada una de las
categorías que deben componer un lazareto para atender a los enfermos y
portadores de enfermedades contagiosas en ruta
hacia la península. De forma que pide facultativos bien preparados, físicos y
cirujanos, especifica la manera en que se han de producir el nombramiento de
los diversos cargos de la junta: presidente, vicepresidente, “secretario de
sanidad”, protector, fiscal, tesorero, interventor y sus respectivas funciones,
vocales, y las actividades de estos últimos (p. 34 y ss.). Además de comentar
otro tipo de personal auxiliar, no estrictamente sanitario y los sueldos que
compensarían dignamente el trabajo en el lazareto. (p. 43 y ss.). Exhorta a que
se consideren los argumentos y principios científicos por los que se debe regir
la organización, el funcionamiento y la seguridad del lazareto, y de los buques
mientras esperan la cuarentena.
![]() |
| Importancia de la ciencia, pág. 29. |
Por último, un
apunte curioso es que se incluye en esta edición de la memoria la “Carta de un facultativo a un militar del
primer ejército”, son 14 páginas en las que responde a los argumentos del
Dr. Salvá y Campillo, a favor de la unidad de la medicina y la cirugía. Tema de
continuo y permanente debate en España, durante esa época hasta la unificación
en la segunda mitad del siglo XIX.
A modo de conclusión
Esta obra fue publicada y enviada
a los representantes del pueblo reunidos en Cádiz en un momento crítico de la
historia de España. Un tiempo que fue puente de la Edad Moderna a la Época
Contemporánea. Circunstancias en las que se iniciaron sabiamente las deliberaciones sobre salud, higiene y
sanidad públicas como elemento social y político importante en el devenir del
tiempo histórico, el momento crucial en la Guerra de Independencia, el
parlamentarismo comenzado con la Cortes de Cádiz, el debate de la Soberanía
nacional como eje de poder en la sociedad y en la política, etcétera.
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-Real Academia de la Historia DB-e. 2018; en: http://dbe.rah.es/biografias/48949/manuel-rodriguez-y-caramazana.
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general y puerto franco en beneficio del comercio del Mediterráneo, que por lo
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-Rodríguez Ocaña E. La cuestión del lazareto marítimo
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