sábado, 20 de junio de 2020

Episodio 3. Las antiguas palabras de los libros para la salud (1)


 Las antiguas palabras de los libros

- «¡Qué extrañas palabras usas!
- Son las que utilizan los sabios que han dejado escritas sus enseñanzas…»
(Carlos Aurensanz, Hasday, el médico del califa, 48, epub)

Advertencia preliminar:

No soy filólogo, ni pretendo emular su trabajo, solamente apuntar unas humildes notas sobre las palabras sanitarias perdidas a lo largo de los tiempos que, en aras de una simplificación de este lenguaje científico, y el posible empobrecimiento de su vocabulario se ha venido produciendo. Pido disculpas si alguien puede sentirse invadido en su línea de investigación. Pero también quiero hacer mías las palabras de los editores de uno de los repertorios que expondremos en estas líneas cuando en las “Advertencias” del primer tomo del Diccionario de ciencias médicas se dice:
«… uno de los mayores perjuicios que pueden hacerse, tanto a los idiomas como a las ciencias, es el perder las etimologías y analogías de las palabras, y que abandonar aquellas es lo mismo que cerrar los ojos a los rayos de la luz que arrojan éstas…». (Advertencias de los editores, Dicc. Ciencias médicas, IV)

Introducción: “…flotando entre palabras y letras…” (M. Birkegaard, Libros de Luca, 548)

Repasando los antiguos libros sanitarios (de medicina o de enfermería) enriquecemos en la actualidad nuestra cultura y nuestro idioma. Por el camino de la historia se han perdido muchas palabras en una simplificación del lenguaje científico-sanitario. Pero se ha de advertir que los profesionales sanitarios son lo suficientemente inteligentes para comprender los antiguos vocablos y saber explicar a los pacientes, con palabras sencillas, los detalles de sus dolencias.
Por este motivo, entre otros, creemos necesario una pequeña explicación de las palabras de la sanidad para saciar alguna curiosidad, y contribuir un poquito, al enriquecimiento de la cultura sanitaria, rememorando los libros y las palabras que guardan sus páginas, ya sean páginas en papel (con letras de imprenta), folios en pergamino (escritos y bellamente ilustrados a mano), rollos o volúmenes en papiro (escritos en caracteres jeroglíficos o incipientes alfabetos), tablillas de arcilla (de la escritura cuneiforme), o, incluso en un e-book, una tableta, o un e-reader (escritos con e-ink, o sea tinta electrónica). Aunque, en esta ocasión, serán las antiguas palabras de los libros del pasado.
Si hacemos el viaje inverso, del libro a la palabra podemos asegurar que la eminente filóloga y bibliotecaria española María Moliner «supo que el libro es una puerta abierta al infinito, y que las palabras concentran la belleza y la hondura del mundo…» (You Tube: María Moliner. Tendiendo palabras.) Y, en el caso que hoy nos reúne, los libros del pasado pueden ofrecernos la riqueza de las antiguas palabras científicas médico-sanitarias, o como apunta Navarro:

«Todo vocablo… arrastra consigo, en realidad, una historia milenaria de cambios, evoluciones y mutaciones; de aventuras y viajes; de odios y amores; de conquistas, luchas e invasiones; de contactos culturales e intercambios comerciales; de olvidos, desapariciones y reapariciones…» (Navarro, 2017, XXVII)

Los términos o vocablos médico-sanitarios de la antigüedad, tristemente muchos de ellos perdidos, abarcan tratamientos, conceptos, descripción de funciones vitales, órganos corporales, características de salud, profesiones sanitarias, o, incluso, medidas y pesos en farmacología pasada (que no remota, pues los pesos y las medidas en farmacia se han mantenido hasta tiempos muy recientes. En España comenzó el cambio bien entrado el siglo XIX).
No obstante, estimamos que el conocimiento de estas palabras antiguas de la salud, como venimos diciendo a cada momento, no solo enriquecen la cultura científico-sanitaria sino que, además, pueden ofrecer, si me apuran ustedes, alguna solución. No digo ya terapéutica (o sí), sino, también una ayuda a investigación desde el pasado a nuestros días, y viceversa. Por ejemplo, (y tal vez un poco forzado), si tuviéramos alguna receta antigua que remediara cierta dolencia, tal vez el uso de pesos y medidas, adecuadamente ponderados, podría facilitarnos algún remedio en la actualidad. Y para eso es preciso conocer la historia que se encierran las palabras de los libros antiguos para la salud.

Libros: las fabulosas historias de las palabras

 ¿Qué nos aporta actualmente un nuevo análisis de los libros antiguos de la sanidad?
Así, a bote pronto, nos dan tres ideas, luego traen mucha más riqueza, mucho más conocimiento, incluso mucha más sabiduría, pero de momento tres ideas:

-La 1ª idea es que la curiosidad que el sabio demuestra al intentar conocer en profundidad el objeto de su trabajo y estudio, por ejemplo, quiere explicar con las palabras adecuadas la naturaleza del cuerpo humano, las funciones de los órganos, etcétera, en tanto que su paciente tiene una enfermedad y dolencia que el sabio desea sanar. 
Muchas de las descripciones que leemos ahora en los libros antiguos nos parecen poca cosa, faltas de contenido o, incluso, infantiles, o demasiado escasas, sencillas y nada profundas científicamente. Pero no seamos injustos, pues ellos, los sabios antiguos partieron de la nada para adquirir el conocimiento científico e ir construyendo la disciplina médica desde 0, desde menos que 0.

-La 2ª idea es que lo que encontramos en los libros son los estudios que procuran plasmar por escrito, con palabras exactas, lo que quieren dar a conocer sus autores, lo que han aprendido en sus pesquisas, lo que han hallado en sus averiguaciones, sus investigaciones. Y lo escriben de forma que puedan ayudar a otros profesionales sanitarios.
Muchos de los libros eran auténticos manuales de estudio, tratados médicos que abarcaban toda la sabiduría hasta ese momento. Y la mayoría seguían un patrón establecido, por ejemplo, seguían la secuencia desde la cabeza hasta los pies (caput ad calcem), incluyendo en orden descendente las partes y órganos de cada estructura anatómica, tanto los libros referidos a enfermedades como los textos de medicamentos o, incluso, la propia cirugía, seguían este mismo patrón. Todo el discurso del libro discurría desde la cabeza a los pies. Solo indicaré tres ejemplos: el libro Lilio de medicina, de Bernardo Gordonio (un interesante manual del siglo XIV); el Tratado de menor daño en medicina, de Alonso Chirino, escrito en el siglo XV y publicado en el siglo XVI, (véase en este blog la biblioteca medieval); y, por último, el Libro de la almohada, de Ibn Wafid, de Toledo (un recetario médico del siglo XI).
Y ocurre que, en la mayoría de las ocasiones, no existía la palabra adecuada que definiera la cosa o lo que deseaba expresar el sabio, motivo por el cual se inventaba un vocablo. Que, como se ha observado posteriormente al difundir dicha palabra, y así nos lo dice Navarro, enriquecía el vocabulario médico-sanitario y científico.

-La 3ª idea es que una vez generalizadas y asimiladas esas palabras “nuevas”, que fueron diseñadas por los sabios en sus manuales y tratados médicos, los profesionales incorporaban esos términos y sus aplicaciones a su trabajo y para la profesión, y así poder AYUDAR A SANAR a los enfermos. En definitiva, nos encontramos un gran enriquecimiento del vocabulario médico-científico y un gran beneficio social, “un beneficio social de carácter universal”.

Palabras: bien escogidas, inventadas, o diseñadas

Cada palabra tiene un origen, una evolución, un camino y una historia. Como señaló el doctor Fernando Navarro hay que «pedir a las palabras que nos hablen de su origen y de su historia; de sus sentidos vetustos y presentes; de sus fatigas y dificultades para seguir vigentes; de su lucha por la supervivencia…» (Navarro, 2017, XXVII-XXVIII)
Y estas palabras, de manera encadenada, en forma de página, y otra página y otra página, y más páginas hasta configurar un libro son, tanto una terapia para el que las escribe como un benéfico ungüento para quienes las leen. Pues la lectura es medicina para el alma. 

«Si el alma está enferma, amnésica, encandilada por los espejitos de colores del mundo material, entonces la lectura debe entenderse como un valioso método terapéutico para que el hombre (o la mujer) empiece a recordar su verdadera entidad» (Epicuro. En Universo Abierto (blog).

Además de los relatos que nos pueden contar las palabras sobre su historia, su vida y amarlas (Navarro, 2017, XXVIII), resulta interesante enumerarlas. Sí, estimado lector, contarlas para ver cuántas son. En este sentido podríamos apreciar la riqueza del lenguaje de muchas disciplinas, porque cada materia tiene un número indeterminado de vocablos que, en su mayoría, no son recogidos por los diccionarios oficiales de las lenguas. Por este motivo, y para ensalzar la riqueza del lenguaje médico-sanitario a lo largo de la historia nos dice Navarro: 

«El lenguaje médico, con veinticinco siglos de historia a sus espaldas, ha alcanzado un grado de complejidad difícilmente imaginable… La flamante 23ª edición del Diccionario de la Lengua Española de la RAE, aparecida en 2014, contiene aproximadamente 93.000 entradas, mientras que el vocabulario médico actual debe rondar, calculo, el medio millón de unidades léxicas* en un enriquecimiento constante al que contribuyen todas las especialidades médicas, sin excepción…» (Navarro, 2017, XXVI-XXVII)
(*) Subrayado no original, sino para destacar los dos conjuntos de vocablos.

La construcción del lenguaje médico: algunas aclaraciones antiguas y palabras perdidas

La traducción a lengua romance, allá por el siglo XIII de nuestra era, de los libros antiguos de ciencia, filosofía, u otras materias, en nuestro caso de la medicina, eran escritos originalmente en latín (que fue la lengua de la difusión de la ciencia), también en árabe, algunos en griego, incluso en otras lenguas “vulgares”, allá por el siglo XIII de nuestra era, es lo que lo expertos en filología denominan “vernacularización de la ciencia”. (Sánchez González, 2013,  13). En los textos médicos, que fueron trasladados a las lenguas romances, «los autores tratan de presentar los contenidos de la manera más clara posible, con una estructura muy ordenada (caput ad calcem), porque en todos los casos intentan enseñar e instruir». (Sánchez González, 2013, 15)

 

El aprendizaje en lengua vernácula.
(Sieben regiminia. 1429. Manuscrito alemán del libro Regimen sanitatis . fol 57 r.)


En este sentido se ha de considerar que los autores y traductores de los libros antiguos de la sanidad buscaron la “claridad terminológica”, propósito que a veces fue encontrado y en otras ocasiones no; pero sí que fueron “partidarios de que se entienda el contenido, la realidad, por encima de los nombres…” (Sánchez-González, 2013, 15-16). La profesora Sánchez-González apunta en su estudio una frase que Lanfranco de Milán puso en boca del célebre Galeno: “aquel que la verdat (sic) de la cosa quiere entender esfuercesse (sic) a la busca non del su nombre más de la essencia (sic)…” (Sánchez González, 2013,  16).
También hay que considerar que se da la circunstancia de la necesidad de expresiones y palabras para la divulgación y la difusión de temas sanitarios entre un tipo de lectores no entendidos en medicina. Como expresa  Sánchez-González cuando dice que algunos textos con intención divulgativa “… renuncian expresamente al uso de un vocabulario especializado…”(Sánchez-González, 2013, 16). Así, se fueron publicando libros dirigidos, tanto a expertos como para no profesionales de la sanidad, con un carácter didáctico y asequible, como el Tratado de menor daño de medicina de Alonso Chirino (obra que hemos comentado en un artículo anterior en este blog) cuando justifica el autor la intención de su obra en la razón cuarta:
“De todo lo que aquí fallaredes escripto non será por vocablos escuros de medecina nin por palabras escuras; salvo fablando vulgar mente, que cualquier hombre lo puede entender” (sic). (Chirino, 1513; III r.) 

Curiosas aclaraciones antiguas y palabras perdidas

Las explicaciones y aclaraciones, que con frecuencia pretendían relatar los sabios del pasado, no dejan de ser curiosas y, a la vez, interesantes. En el trabajo que venimos comentando, de la profesora Sánchez González, se detallan algunas de estas descripciones. Sin querer ser exhaustivos hemos seleccionado algunos párrafos de ese trabajo
 “De la grossedad de los humores e de los espíritus viene la noctilupa, que es mal veer después del ponimiento del sol”. (Guy o Guido de Chauliac, Tratado de cirugía, 1493, 142r.)
“El píxiden, que es la concavidad y fóvea (pequeña depresión) de la espalda” (Guy o Guido de Chauliac, Tratado de cirugía, 1493, 19v.)
“Subet, que es sueño profundo”, (Bernardo Gordonio, Lilio de medicina, 1495, 11v.)
“El mórbilo, que es sarampión, se engendra más de cólera negra”, (Bernardo Gordonio, Lilio de medicina, 1495, 15v.)
“Espasmo, que es enfermedat que encorta los nierbios e los ensancha e faz al omne estar regañado”, (Teodorico Borgognoni, Tratado de Cirugía, 1509, 12r.) (Sánchez González, 2013, 17)
También nos indica esta investigadora que los sabios médicos de los tiempos pasados, para la adecuada redacción y entendimientos de sus prédicas y sentencias en los tratados, utilizaron con frecuencia palabras sinónimas o giros que “pretenden facilitar la interpretación del lector…”. De los numerosos ejemplos, referidos a las ciencias médicas y al arte de curar incluidos en este trabajo, seleccionamos algunas palabras:
“gutur o garganta”, Bernardo Gordonio, Lilio de medicina, 94v.
“la morca o de tripas”, Recetas, Ms. siglo XV, 18v.
“el huesso de la fruente (sic) o el coronal”, (Guy de Chauliac, Tratado de cirugía, 15v.
“torcimiento o vizcura de los ojos”, Lanfranco de Milán, Cirugía Mayor, 1495, 28v.
“estrabosidad o vizquedad”, Guy de Chauliac, Cirugía Mayor, 134v.
“lobiniello mayor o nabta” (del árabe naffáta: ampolla), Tratado de Patología, Ms. siglo XV, 137v.
“claudicación o cojera”, Guy de Chauliac, Tratado de cirugía, 106r.
“hernia o potra”, Lanfranco de Milán, Cirugía Mayor, 2r.
“farmacar o melezinar” (sic), Guy de Chauliac, Tratado de cirugía, 167v.
“melezinas sedantes o amansantes el dolor” (sic),  Guy de Chauliac, Tratado de cirugía, 179r. (Sánchez González, 2013, 21-22).

Profesiones sanitarias antiguas (en desuso o asimiladas a una más general)

Las profesiones antiguas de los cuidadores, sanadores o sanitarios no sabíamos si denominarlas perdidas y extintas, o llamarlas también agrupadas. Puesto que sus funciones y actividades no desaparecieron, sino que fueron incluyéndose entre las labores de los médicos o de los profesionales de los cuidados enfermeros.
Señalemos que el antagonismo entre la medicina y la cirugía venía de muy antiguo, cuando los cirujanos eran imprescindibles en los campos de batalla, no así los médicos. Por otro lado, el arte de la cirugía era exhibido y ejercido, mayormente, en las plazas de los pueblos y ciudades. El grupo de la profesiones de la cirugía “… era denigrado por los médicos preparados en las universidades…», en una clara y evidente confrontación con los cirujanos de “ropa corta”, en los que se incluían los «barberos, sangradores y charlatanes…»; así como otros tipos de sanitarios que, “sin título académico se especializaban en hernias, cálculos biliares (o vesicales), dislocaciones, fracturas y amputaciones…”. En este último grupo se incluyen, sacamuelas, «… bañeros, carniceros y verdugos, se encargaban de la aplicación de ventosas, sangrías y extracción de muelas…», entre otras actividades (Martí Ibáñez, 1964, 319).
Las actividades sanitarias se desarrollaron así, hasta que a comienzos del siglo XIX, encontramos que muchas de esas acciones son ejercidas por el sangrador y el cirujano de 3ª, o cirujano romancista, que no tenía estudios universitarios, “que no estudiaban en latín” (de ahí el adjetivo ‘romancista’).
Durante la Edad Media y la Época Moderna las denominaciones que encontramos para los profesionales que se dedicaban, con unas u otras tareas para la salud sin pasar por la universidad ni otras escuelas, constituyen una amplia nómina:
-clistereros, que administraban clísteres, enemas y lavativas, también vomitivos.
-hernistas, trataban y curaban hérnias o potras (también se les denominaba potreros).
-flebotomistas, hacían sangrías, bien con lancetas o cuchillos, o bien aplicando sanguijuelas para chupar la sangre.
-litomistas, trataban las piedras de la vejiga.
-especieros y herboristas (herbolarios), conocían las propiedades de especias y plantas y las administraban como medicación.
-ensalmadores, practicaban ensalmos y oraciones a los santos protectores.
-saludadores, sanaban mediante el soplo; “persona cuya saliva tenía propiedades curativas contra la rabia” (Blecua, 1975, 116, nota 139). Los saludadores eran grandes bebedores de vino: “necesitaban tener gran fuerza interior, en el pecho, para expeler su soplo curativo, que debía ser fuerte y frío, y desde lejos curar con él. La fuerza y el frío, según ellos, se la daba la ingesta de buenos tragos de vino…” (Fuentes Fernández, 2017, s/p.). La definición que nos ofrece el Diccionario de Autoridades expresa: “Comúnmente se aplica al que por oficio saluda [sana] con ciertas preces, ceremonias y soplos para curar del mal de rabia”. (Diccionario de Autoridades (T.VI), 1739, 32).
«SALUDADOR, el que dice tener gracia para curar la rabia, y con algunas preces, y soplos saluda (sana). Danle el Lat. (Latín) Psyllus, y Marsus; pero Psyllus era el que curaba de mordeduras de serpiente, y Marsus fue solo un hijo de Circe, y así mejor se dirá rabiem insufflatione, &c. (etc.) curans. It.(italiano) Cirumatore. Sejourn. dice que fingen ser de la familia de Santa Catalina, o de Santa Quiteria. V. El sap. Feijoo Teatr. Crit. t. 3. Disc. I. S. I. &c. (etc.). No parece injusticia dudar mucho de la virtud de estos hombres en sus curativas, pues se hallan bien graves fundamentos para ello». (Terreros, 1787, T. III, 430).
-algebrista, cirujano que antiguamente se dedicaba especialmente a la curación de huesos dislocados. “Adecuador de huesos” (Antonio Trilla, 1679, 21-22.)
-ventoseros, aplicaban ventosas en la piel.
-bizmadotes: Bizmas o cataplasmas que se preparaban empapando las estopas o restos de lino en la substancia medicinal. (García Barreno, 2005, 155-179).
-balsamoros: elaboraban y aplicaban cremas balsámicas.
Todas estas denominaciones, en nuestro país, fueron convergiendo y unificándose, así, a principios del siglo XIX quedan singulares nombres de cirujano-sangrados, ministrante, cirujano de 3ª y poco más, hasta que mediada esta centuria, pasan a llamarse «practicantes»; y desempeñando dichas funciones en los cuidados de enfermería.






 

Elaboración propia a partir de Diccionario castellano de voces de ciencia y arte; y Antonio Trilla, Perfecto practicante médico y nueva luz de fácil enseñanza


Bibliografía 
   
-Béclard PA. Elementos de anatomía general. Imprenta Pedro Sanz, Madrid, 1832.
-Blecua A. La vida de Lazarillo de Tormes y sus fortunas y adversidades. Clásicos Castalia; Madrid: 1975.
-Chirino A. Tratado llamado Menor daño de medicina. Impresor Joan de Villaquiran; Toledo: 1513.
-García Barreno PR. La Medicina en el Quijote y su entorno. (D. Quijote…, 1-16, 139). En: Sánchez Ron JM. (ed.) La ciencia y el Quijote. Drakontos, Barcelona: 2005; pp. 155-179.
-Martí Ibáñez, F. La Epopeya de la medicina (PDF) (1964?). En:  www.librosmaravillosos.com.
-Navarro FA. Medicina en español IV. Unión Editorial SA-Fundación Lilly; Madrid: 2017.
-Navarro. Tacuino. Laboratorio del lenguaje, 2008. En: https://medicablogs.diariomedico.com/laboratorio/tag/vocablos-olvidados/)
-Pozuelo Reina AA. La enfermería en la antigua literatura sanitaria. Apuntes de. Ciencia. 2019; 9(3): 9-14.
-Diccionario de Autoridades. T. VI. Imprenta de la Real Academia Española; Madrid: 1739; En: http://web.frl.es/DA.html
-Sánchez-González de Herrero MN. Explicaciones y desdoblamientos léxicos en testimonios científicos medievales castellanos. Relaciones 135, verano 2013, pp. 13-38.
-Sánchez-Gónzalez de Herrero MN. Vázquez de Benito MC. La huella de Avicena en la medicina medieval castellana. En: Clavería Nadal G., Garriga Escribano C. et all. (coords.) Historia, lengua y ciencia una red de relaciones. Peter Lang (ed.). Frankfurt: 2013; pp. 255-273.
-Santero T. Colección completa de las obras del grande Hipócrates. Tomo I. Establecimiento tipográfico; Madrid: 1842.
-Terreros y Pando E. Diccionario castellano con las voces de ciencias y artes y sus correspondientes en las tres lenguas francesa, latina e italiana. Imprenta vda. de Ibarra, hijos y cía.; Madrid: 1787.
-Trilla A. Perfecto practicante cirujano, y del morbo gálico, impresor Agustín de Salas Zaço, Toledo, 1679.
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