Las antiguas palabras de los libros
- «¡Qué extrañas palabras usas!
- Son las que utilizan los sabios que han dejado
escritas sus enseñanzas…»
(Carlos Aurensanz, Hasday, el médico del califa,
48, epub)
Advertencia preliminar:
No soy filólogo, ni pretendo emular su trabajo, solamente apuntar unas humildes notas sobre las palabras sanitarias perdidas a lo largo de los tiempos que, en aras de una simplificación de este lenguaje científico, y el posible empobrecimiento de su vocabulario se ha venido produciendo. Pido disculpas si alguien puede sentirse invadido en su línea de investigación. Pero también quiero hacer mías las palabras de los editores de uno de los repertorios que expondremos en estas líneas cuando en las “Advertencias” del primer tomo del Diccionario de ciencias médicas se dice:
«… uno de los mayores
perjuicios que pueden hacerse, tanto a los idiomas como a las ciencias, es el
perder las etimologías y analogías de las palabras, y que abandonar aquellas es
lo mismo que cerrar los ojos a los rayos de la luz que arrojan éstas…». (Advertencias de los
editores, Dicc. Ciencias médicas, IV)
Introducción: “…flotando
entre palabras y letras…” (M. Birkegaard, Libros de Luca, 548)
Repasando los antiguos libros
sanitarios (de medicina o de enfermería) enriquecemos en la actualidad nuestra
cultura y nuestro idioma. Por el camino de la historia se han perdido muchas
palabras en una simplificación del lenguaje científico-sanitario. Pero se ha de
advertir que los profesionales sanitarios son lo suficientemente inteligentes
para comprender los antiguos vocablos y saber explicar a los pacientes, con
palabras sencillas, los detalles de sus dolencias.
Por este
motivo, entre otros, creemos necesario una pequeña explicación de las palabras
de la sanidad para saciar alguna curiosidad, y contribuir un poquito, al enriquecimiento
de la cultura sanitaria, rememorando los libros y las palabras que guardan sus
páginas, ya sean páginas en papel (con letras de imprenta), folios en pergamino
(escritos y bellamente ilustrados a mano), rollos o volúmenes en papiro
(escritos en caracteres jeroglíficos o incipientes alfabetos), tablillas de
arcilla (de la escritura cuneiforme), o, incluso en un e-book, una
tableta, o un e-reader (escritos con e-ink, o sea tinta electrónica). Aunque, en esta ocasión, serán las
antiguas palabras de los libros del pasado.
Si hacemos el
viaje inverso, del libro a la palabra podemos asegurar que la eminente filóloga
y bibliotecaria española María Moliner «supo que el libro es una puerta
abierta al infinito, y que las palabras concentran la belleza y la hondura del
mundo…» (You Tube: María Moliner. Tendiendo palabras.) Y, en el caso que
hoy nos reúne, los libros del pasado pueden ofrecernos la riqueza de las
antiguas palabras científicas médico-sanitarias, o como apunta Navarro:
«Todo
vocablo… arrastra consigo, en realidad, una historia milenaria de cambios,
evoluciones y mutaciones; de aventuras y viajes; de odios y amores; de
conquistas, luchas e invasiones; de contactos culturales e intercambios
comerciales; de olvidos, desapariciones y reapariciones…» (Navarro, 2017,
XXVII)
Los términos o vocablos médico-sanitarios de
la antigüedad, tristemente muchos de ellos perdidos, abarcan tratamientos,
conceptos, descripción de funciones vitales, órganos corporales,
características de salud, profesiones sanitarias, o, incluso, medidas y pesos
en farmacología pasada (que no remota, pues los pesos y las medidas en farmacia
se han mantenido hasta tiempos muy recientes. En España comenzó el cambio bien
entrado el siglo XIX).
No obstante, estimamos que el conocimiento de
estas palabras antiguas de la salud, como venimos diciendo a cada momento, no
solo enriquecen la cultura científico-sanitaria sino que, además, pueden
ofrecer, si me apuran ustedes, alguna solución. No digo ya terapéutica (o sí), sino,
también una ayuda a investigación desde el pasado a nuestros días, y viceversa.
Por ejemplo, (y tal vez un poco forzado), si tuviéramos alguna receta antigua que
remediara cierta dolencia, tal vez el uso de pesos y medidas, adecuadamente
ponderados, podría facilitarnos algún remedio en la actualidad. Y para eso es
preciso conocer la historia que se encierran las palabras de los libros
antiguos para la salud.
Libros: las fabulosas historias de las palabras
¿Qué nos aporta actualmente un nuevo análisis de los libros antiguos de la sanidad?
Así, a bote
pronto, nos dan tres ideas, luego traen mucha más riqueza, mucho más
conocimiento, incluso mucha más sabiduría, pero de momento tres ideas:
-La 1ª idea
es que la curiosidad que el sabio demuestra al intentar conocer en profundidad
el objeto de su trabajo y estudio, por ejemplo, quiere explicar con las
palabras adecuadas la naturaleza del cuerpo humano, las funciones de los
órganos, etcétera, en tanto que su paciente tiene una enfermedad y dolencia que
el sabio desea sanar.
Muchas de las
descripciones que leemos ahora en los libros antiguos nos parecen poca cosa,
faltas de contenido o, incluso, infantiles, o demasiado escasas, sencillas y
nada profundas científicamente. Pero no seamos injustos, pues ellos, los sabios
antiguos partieron de la nada para adquirir el conocimiento científico e ir
construyendo la disciplina médica desde 0, desde menos que 0.
-La 2ª idea es
que lo que encontramos en los libros son los estudios que procuran plasmar por
escrito, con palabras exactas, lo que quieren dar a conocer sus autores, lo que
han aprendido en sus pesquisas, lo que han hallado en sus averiguaciones, sus
investigaciones. Y lo escriben de forma que puedan ayudar a otros profesionales
sanitarios.
Muchos de los
libros eran auténticos manuales de estudio, tratados médicos que abarcaban toda
la sabiduría hasta ese momento. Y la mayoría seguían un patrón establecido, por
ejemplo, seguían la secuencia desde la cabeza hasta los pies (caput ad calcem), incluyendo en orden
descendente las partes y órganos de cada estructura anatómica, tanto los libros
referidos a enfermedades como los textos de medicamentos o, incluso, la propia
cirugía, seguían este mismo patrón. Todo el discurso del libro discurría desde
la cabeza a los pies. Solo indicaré tres ejemplos: el libro Lilio de medicina, de Bernardo Gordonio
(un interesante manual del siglo XIV); el Tratado
de menor daño en medicina, de Alonso Chirino, escrito en el siglo XV y
publicado en el siglo XVI, (véase en este blog la biblioteca medieval); y, por
último, el Libro de la almohada, de
Ibn Wafid, de Toledo (un recetario médico del siglo XI).
Y ocurre que,
en la mayoría de las ocasiones, no existía la palabra adecuada que definiera la
cosa o lo que deseaba expresar el sabio, motivo por el cual se inventaba un
vocablo. Que, como se ha observado posteriormente al difundir dicha palabra, y
así nos lo dice Navarro, enriquecía el vocabulario médico-sanitario y
científico.
-La 3ª idea
es que una vez generalizadas y asimiladas esas palabras “nuevas”, que fueron
diseñadas por los sabios en sus manuales y tratados médicos, los profesionales
incorporaban esos términos y sus aplicaciones a su trabajo y para la profesión,
y así poder AYUDAR A SANAR a los enfermos. En definitiva, nos encontramos un
gran enriquecimiento del vocabulario médico-científico y un gran beneficio
social, “un beneficio social de carácter universal”.
Palabras: bien escogidas, inventadas, o diseñadas
Cada palabra tiene un origen, una evolución, un camino y una historia. Como señaló el doctor Fernando Navarro hay que «pedir a las palabras que nos hablen de su origen y de su historia; de sus sentidos vetustos y presentes; de sus fatigas y dificultades para seguir vigentes; de su lucha por la supervivencia…» (Navarro, 2017, XXVII-XXVIII)
Y estas
palabras, de manera encadenada, en forma de página, y otra página y otra página,
y más páginas hasta configurar un libro son, tanto una terapia para el que las
escribe como un benéfico ungüento para quienes las leen. Pues la lectura es medicina para el alma.
«Si el alma
está enferma, amnésica, encandilada por los espejitos de colores del mundo
material, entonces la lectura debe entenderse como un valioso método
terapéutico para que el hombre (o la
mujer) empiece a recordar su verdadera
entidad» (Epicuro. En Universo Abierto (blog).
Además de los
relatos que nos pueden contar las palabras sobre su historia, su vida y amarlas
(Navarro, 2017, XXVIII), resulta interesante enumerarlas. Sí, estimado lector, contarlas
para ver cuántas son. En este sentido podríamos apreciar la riqueza del
lenguaje de muchas disciplinas, porque cada materia tiene un número
indeterminado de vocablos que, en su mayoría, no son recogidos por los
diccionarios oficiales de las lenguas. Por este motivo, y para ensalzar la
riqueza del lenguaje médico-sanitario a lo largo de la historia nos dice
Navarro:
«El lenguaje
médico, con veinticinco siglos de historia a sus espaldas, ha alcanzado un
grado de complejidad difícilmente imaginable… La flamante 23ª edición del Diccionario de la Lengua Española de la RAE, aparecida en 2014, contiene aproximadamente 93.000
entradas, mientras que el vocabulario médico actual debe rondar,
calculo, el medio millón de unidades léxicas…* en un enriquecimiento constante al que contribuyen todas las
especialidades médicas, sin excepción…» (Navarro, 2017, XXVI-XXVII)
(*) Subrayado no original, sino
para destacar los dos conjuntos de vocablos.
La construcción del lenguaje
médico: algunas aclaraciones antiguas y palabras perdidas
La traducción a lengua romance, allá por el siglo XIII de nuestra era, de los libros antiguos de ciencia, filosofía, u otras materias, en nuestro caso de la medicina, eran escritos originalmente en latín (que fue la lengua de la difusión de la ciencia), también en árabe, algunos en griego, incluso en otras lenguas “vulgares”, allá por el siglo XIII de nuestra era, es lo que lo expertos en filología denominan “vernacularización de la ciencia”. (Sánchez González, 2013, 13). En los textos médicos, que fueron trasladados a las lenguas romances, «los autores tratan de presentar los contenidos de la manera más clara posible, con una estructura muy ordenada (caput ad calcem), porque en todos los casos intentan enseñar e instruir». (Sánchez González, 2013, 15)
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El
aprendizaje en lengua vernácula.
(Sieben regiminia. 1429. Manuscrito
alemán del libro Regimen sanitatis .
fol 57 r.)
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En
este sentido se ha de considerar que los autores y traductores de los libros
antiguos de la sanidad buscaron la “claridad terminológica”, propósito que a
veces fue encontrado y en otras ocasiones no; pero sí que fueron “partidarios de que se entienda el
contenido, la realidad, por encima de los nombres…” (Sánchez-González,
2013, 15-16). La profesora Sánchez-González apunta en su estudio una frase que
Lanfranco de Milán puso en boca del célebre Galeno: “aquel que la verdat (sic) de
la cosa quiere entender esfuercesse (sic) a la busca non del su nombre más de la essencia (sic)…” (Sánchez González, 2013, 16).
También
hay que considerar que se da la circunstancia de la necesidad de expresiones y
palabras para la divulgación y la difusión de temas sanitarios entre un tipo de
lectores no entendidos en medicina. Como expresa Sánchez-González cuando dice que algunos
textos con intención divulgativa “… renuncian expresamente al uso de un
vocabulario especializado…”(Sánchez-González, 2013, 16). Así, se fueron publicando
libros dirigidos, tanto a expertos como para no profesionales de la sanidad,
con un carácter didáctico y asequible, como el Tratado de menor daño de medicina de Alonso Chirino (obra que hemos
comentado en un artículo anterior en este blog) cuando justifica el autor la
intención de su obra en la razón cuarta:
“De todo lo que aquí fallaredes escripto non será por
vocablos escuros de medecina nin por palabras escuras; salvo fablando vulgar mente,
que cualquier hombre lo puede entender”
(sic). (Chirino, 1513; III r.)
Curiosas aclaraciones antiguas y palabras perdidas
Las explicaciones y
aclaraciones, que con frecuencia pretendían relatar los sabios del pasado, no
dejan de ser curiosas y, a la vez, interesantes. En el trabajo que venimos comentando,
de la profesora Sánchez González, se detallan algunas de estas descripciones. Sin
querer ser exhaustivos hemos seleccionado algunos párrafos de ese trabajo
“De la grossedad de los humores
e de los espíritus viene la noctilupa, que
es mal veer después del ponimiento del sol”. (Guy o Guido de
Chauliac, Tratado de cirugía, 1493, 142r.)
“El píxiden, que es la
concavidad y fóvea (pequeña
depresión) de la espalda” (Guy o Guido de Chauliac, Tratado de cirugía, 1493, 19v.)
“Subet, que es sueño profundo”,
(Bernardo Gordonio, Lilio de medicina, 1495, 11v.)
“El mórbilo, que es
sarampión, se engendra más de cólera negra”, (Bernardo Gordonio, Lilio de medicina, 1495, 15v.)
“Espasmo, que es enfermedat
que encorta los nierbios e los ensancha e faz al omne estar regañado”, (Teodorico
Borgognoni, Tratado de Cirugía, 1509, 12r.) (Sánchez
González, 2013, 17)
También
nos indica esta investigadora que los sabios médicos de los tiempos pasados,
para la adecuada redacción y entendimientos de sus prédicas y sentencias en los
tratados, utilizaron con frecuencia palabras sinónimas o giros que “pretenden
facilitar la interpretación del lector…”. De los numerosos ejemplos, referidos
a las ciencias médicas y al arte de curar incluidos en este trabajo,
seleccionamos algunas palabras:
“gutur o garganta”, Bernardo Gordonio, Lilio de medicina,
94v.
“la morca o de tripas”, Recetas, Ms. siglo XV, 18v.
“el huesso de la fruente (sic) o
el coronal”, (Guy de Chauliac, Tratado de cirugía, 15v.
“torcimiento o vizcura de los ojos”, Lanfranco
de Milán, Cirugía
Mayor, 1495, 28v.
“estrabosidad o vizquedad”, Guy de Chauliac, Cirugía Mayor, 134v.
“lobiniello mayor o nabta” (del árabe naffáta: ampolla), Tratado de Patología, Ms. siglo XV, 137v.
“claudicación o cojera”, Guy de Chauliac, Tratado de cirugía,
106r.
“hernia o potra”, Lanfranco de Milán, Cirugía Mayor, 2r.
“farmacar o melezinar” (sic), Guy de
Chauliac, Tratado de cirugía, 167v.
“melezinas sedantes o amansantes el dolor” (sic), Guy de Chauliac, Tratado de cirugía,
179r. (Sánchez González, 2013, 21-22).
Profesiones sanitarias
antiguas (en desuso o asimiladas a una más general)
Las profesiones antiguas de los cuidadores, sanadores o sanitarios no
sabíamos si denominarlas perdidas y extintas, o llamarlas también agrupadas.
Puesto que sus funciones y actividades no desaparecieron, sino que fueron
incluyéndose entre las labores de los médicos o de los profesionales de los
cuidados enfermeros.
Señalemos que el antagonismo entre la
medicina y la cirugía venía de muy antiguo, cuando los cirujanos eran
imprescindibles en los campos de batalla, no así los médicos. Por otro lado, el
arte de la cirugía era exhibido y ejercido, mayormente, en las plazas de los
pueblos y ciudades. El grupo de la profesiones de la cirugía “… era
denigrado por los médicos preparados en las universidades…», en una clara y
evidente confrontación con los cirujanos de “ropa corta”, en los que se
incluían los «barberos, sangradores y charlatanes…»; así como otros tipos de
sanitarios que, “sin título académico se
especializaban en hernias, cálculos biliares (o vesicales), dislocaciones, fracturas y amputaciones…”.
En este último grupo se incluyen, sacamuelas, «… bañeros, carniceros y
verdugos, se encargaban de la aplicación de ventosas, sangrías y extracción de
muelas…», entre otras actividades (Martí Ibáñez, 1964, 319).
Las actividades sanitarias se desarrollaron
así, hasta que a comienzos del siglo XIX, encontramos que muchas de esas
acciones son ejercidas por el sangrador y el cirujano de 3ª, o cirujano
romancista, que no tenía estudios universitarios, “que no estudiaban en latín”
(de ahí el adjetivo ‘romancista’).
Durante la
Edad Media y la Época Moderna las denominaciones que encontramos para los
profesionales que se dedicaban, con unas u otras tareas para la salud sin pasar
por la universidad ni otras escuelas, constituyen una amplia nómina:
-clistereros, que administraban clísteres, enemas y lavativas,
también vomitivos.
-hernistas, trataban y curaban hérnias o potras (también se les
denominaba potreros).
-flebotomistas, hacían sangrías, bien con lancetas o cuchillos, o
bien aplicando sanguijuelas para chupar la sangre.
-litomistas, trataban las piedras de la vejiga.
-especieros y herboristas
(herbolarios), conocían las propiedades de especias y plantas y las administraban
como medicación.
-ensalmadores, practicaban ensalmos y oraciones a los santos protectores.
-saludadores, sanaban mediante el soplo; “persona cuya saliva tenía
propiedades curativas contra la rabia” (Blecua, 1975, 116, nota 139). Los
saludadores eran grandes bebedores de vino: “necesitaban tener gran fuerza
interior, en el pecho, para expeler su soplo curativo, que debía ser fuerte y
frío, y desde lejos curar con él. La fuerza y el frío, según ellos, se la daba
la ingesta de buenos tragos de vino…” (Fuentes Fernández, 2017, s/p.). La
definición que nos ofrece el Diccionario
de Autoridades expresa: “Comúnmente
se aplica al que por oficio saluda [sana] con ciertas preces, ceremonias y
soplos para curar del mal de rabia”. (Diccionario
de Autoridades (T.VI), 1739, 32).
«SALUDADOR,
el que dice tener gracia para curar la rabia, y con algunas preces, y soplos
saluda (sana). Danle el Lat. (Latín) Psyllus,
y Marsus; pero Psyllus era el que curaba de mordeduras de
serpiente, y Marsus fue solo un hijo de Circe, y así mejor se dirá rabiem
insufflatione, &c. (etc.) curans. It.(italiano) Cirumatore. Sejourn.
dice que fingen ser de la familia de Santa Catalina, o de Santa Quiteria. V. El
sap. Feijoo Teatr. Crit. t. 3. Disc. I. S. I. &c. (etc.). No parece injusticia dudar mucho de la
virtud de estos hombres en sus curativas, pues se hallan bien graves fundamentos
para ello». (Terreros, 1787, T. III, 430).
-algebrista, cirujano que antiguamente se dedicaba especialmente a
la curación de huesos dislocados. “Adecuador de huesos” (Antonio Trilla, 1679,
21-22.)
-ventoseros, aplicaban ventosas en la piel.
-bizmadotes: Bizmas o
cataplasmas que se preparaban empapando las estopas o restos de lino en la
substancia medicinal. (García Barreno, 2005, 155-179).
-balsamoros: elaboraban y aplicaban cremas balsámicas.
Todas estas
denominaciones, en nuestro país, fueron convergiendo y unificándose, así, a
principios del siglo XIX quedan singulares nombres de cirujano-sangrados,
ministrante, cirujano de 3ª y poco más, hasta que mediada esta centuria, pasan
a llamarse «practicantes»; y desempeñando dichas funciones en los cuidados de
enfermería.
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Elaboración propia a partir de Diccionario
castellano de voces de ciencia y arte; y Antonio Trilla, Perfecto practicante médico y nueva luz de
fácil enseñanza
|
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