lunes, 4 de mayo de 2020

Episodio 2. El libro y el progreso de la historia

Introducción: ¿me será útil lo que voy a leer en estas páginas?

Decía Cicerón que «… sería quedarse en una niñez 
perpetua el ignorar lo que se pasó antes de nosotros…»
(Font y Roura R. Las ocho épocas. Atlas histórico-bibliográfico 
de las ciencias médicas, p. IX)


Introducción: ¿será útil lo que voy a leer en estas páginas?

-Ciertamente, no sé bien qué responderte. A lo mejor acierto cuando te recomiendo un libro. Al menos sí que me gustaría, pero, ¿sabes?, la lectura es algo tan personal como un perfume: a ti te encanta ese aroma, a otras personas les puede gustar su fragancia, pero, siempre hay alguien a quien no le gusta ese olor de las palabras escritas... También podría decir que se leyera esta breve letanía del siglo XIV:


                  Letanía del libro. Luca da Penne, siglo XIV.         Versión de Manuel Díaz y Díaz.




El libro y la historia de la sanidad
Ya hemos comentado en un episodio anterior algunas citas de los historiadores de la medicina que hemos seguido. Traemos a colación, en este caso, las palabras de otro experto historiador español de la medicina, también del siglo XIX, Ramón Font y Roura, que en su obra plantea la importancia del estudio de la historia de la medicina basado en los libros, cuando dice:

«... probada la utilidad o por mejor decir la necesidad de conocer la Historia Médica, no nos será difícil el hacerlo con respeto a la Bibliografía, o sea la parte histórica que trata de los libros y autoreslas obras escritas son un laberinto del que es difícil salir airoso, con el galardón de una elección acertada. El conocimiento de los escritos culminantes, la comparación de los mismos escritos; el examen de la conformidad teórica, con la práctica o hechos brutos nunca dispuestos a engañarnos; estas son las hebras del hilo conductor que debe guiarnos hasta las puertas de los axiomas, o primeras verdades. Es de todo modo que la que la Bibliografía nos presenta grande utilidad, enseñándonos que de todo tiempo los hombres han podido cometer errores, y tanto más, cuanto más lejano es el siglo por tener menos esperiencias -sic- de los que le precedieron.

«… sin historia no hay ciencia, es menester estudiarla para no confundir revoluciones generales (se refiere a revoluciones de tipo político) con los verdaderos progresos». * (Font y Roura, 1845, IX)

(*) los subrayados son señalados por mí con la finalidad de destacar estas ideas que ofrece Font y Roura.


A veces me pregunto si no habrá sido el libro uno de los elementos externos que ha propiciado y favorecido el desarrollo, avance y progreso de la especie humana, al menos en los últimos cinco mil años aproximadamente. Y la respuesta, en cierta medida, puede ser afirmativa, porque hemos de reconocer que los libros guardan en su interior inmensas posibilidades: desde mundos imaginados y fantásticos hasta acontecimientos reales del pasado nunca sospechados, pasando por registros económicos, sociales, políticos, culturales, artísticos, filosóficos, científicos, etcétera. En este sentido, los hechos de tiempos antiguos, adecuadamente analizados, ofrecen muchas y agradables sorpresas. Sorpresas admirables, reflejadas en los libros antiguos, o bien, que serán escritas y registradas ahora en libros.

Obviamente, no queremos decir que los libros son lo único que ha contribuido al crecimiento del ser humano. Pues entendemos que el desarrollo de las cualidades físicas son previas y muy importantes durante la prehistoria: como el aumento de la capacidad cerebral, para la comprensión de los estímulos; el desarrollo de la vista como elemento de avance en el entorno; también que la variedad de los alimentos en la dieta amplió las posibilidades de supervivencia; que la perfección de los sentidos y una mayor intensidad de los sentimientos permitió al ser humano adaptarse mejor a diversos hábitats (algunos muy adversos); sin olvidar el afán de superación personal, etcétera. Pero, en el devenir de la historia de la civilización el libro podría ser nuevamente estudiado como elemento externo que ayudó a la evolución humana.

Fíjense ustedes, las eras geológicas tienen una amplitud temporal enorme en los diversos  periodos. La prehistoria y la historia se inscriben en el cuaternario, que es una parte, la última y más reciente, de las eras geológicas. En la prehistoria los progresos se miden en mejoras técnicas, adaptaciones al medio ambiente, pero las fases son de muchos o muchísimos años, en ocasiones de cientos de miles de años. Pero, desde la invención de la escritura y su registro, el avance de la humanidad se ha concentrado en unos pocos miles de años.

Con los adelantos de los sistemas de comunicación y de conocimiento, basados en la escritura y el libro, cada vez que se acortaban más los ciclos de progreso y avance. Ya en el periodo histórico, cuando aparece la escritura y se registran los hechos de un grupo, aquellos momentos en que se ampliaba y transmitía entre los seres humanos cualquier tipo de conocimiento, ya fuera filosofía, literatura o ciencia y técnica, el progreso de la humanidad (o del grupo social que hiciere esa propagación) fue vasto y extraordinario.

Así, pasaron varios cientos, o miles de años, en los que las anotaciones en tablas de arcilla (la escritura cuneiforme) recogieron el saber (primero económico y administrativo, incluso legislativo), de modo que el desarrollo fue formidable. Ocurrió algo similar con los registros en papiro.

Entre estos primeros libros, sobre tablas de arcilla, que marcan el comienzo de la historia en las tierras de Mesopotamia, nos encontramos libros médicos y sanitarios en las bibliotecas de Nippur (la más antigua conocida), la de Ebla y la biblioteca de Asurbanipal, en Nínive.

Más adelante papiro y pergamino favorecieron la propagación de la sabiduría. Sabiduría, en nuestro caso médica, que comenzó a irradiar gracias a la filosofía clásica en occidente, desde los presocráticos de Mileto, provocando a la reflexión y el estudio. Pues, el solo hecho de hacerse preguntas y cuestionarse todo lo que componía la vida, ya constituyó un avance respecto a la mentalidad del pasado inmediato, y llevó al nacimiento de las ciencias y al desarrollo de las técnicas sobre la base del empirismo, de la experiencia unida a la reflexión, dejando por escrito lo pensado, ideado, experimentado y concluido. Así surgieron las “escuelas médicas”, no como centros de estudio, sino como maneras de practicar la medicina; la escuela de Crotona, con Alcmeón, o la escuela de Cos, con Hipócrates.

De manera que las experiencias, ahora sí reunidas por escrito en rollos o volúmenes (que así se llamaron los “primeros documentos librarios”), permitió, pensémoslo por un momento, un progreso más rápido que el método de la transmisión oral de los conocimientos.

Así mismo, el paso del rollo al códice (que es otra transformación, «la 2ª revolución» de lo que denominamos “7 revoluciones del libro en los textos sanitarios”) fomentó, en algunos cientos de años, la expansión de creencias, saberes y nuevos conocimientos hasta la llegada del libro impreso. Durante muchos años el libro fue primero manuscrito, con unas pocas copias, y después impreso, con numerosos ejemplares.

En referencia al códice, señala el historiador francés Roger Chartier* que “la invención del codex o códice sustituyó durante los primeros siglos de la era cristiana a la forma previa del ‘libro’, es decir, a los rollos de los hebreos, griegos y romanos. Sin embargo, la aparición del códice no transformó la técnica de reproducción de los textos, siempre copiados a mano antes de Gutenberg” (Peña Díaz, 2010, 3)

(*) Palabras de Chartier en una entrevista de Manuel Peña, publicada en Alabe. Revista de investigación sobre lectura y escritura. 



«Las 7 revoluciones del libro en los textos sanitarios» (Hipótesis de trabajo)

Continuando nuestro relato, cada vez que se produjo un avance en el mundo del libro, y junto a la divulgación del mismo, se producía una ampliación del saber en la comunidad. Así, pienso en la llegada de la imprenta, allá mediado el siglo XV (c. 1453), cuando la rapidez de la técnica superó a la lenta elaboración de copias manuscritas, se redujo el tiempo y se aumentó el número de copias. Estos hechos posibilitaron la difusión del conocimiento científico, favorecieron el deleite y el placer de la lectura. De suerte que, con cada mejora del libro, se precisaba menos tiempo para enviar los mensajes a un mayor número de personas. Aquí fue muy importante, para nuestro tema de los libros de sanidad, la propagación de la ciencia médica de la antigüedad y las nuevas aportaciones, pues se pusieron en circulación las obras de los sabios médicos que enseñaban esta ciencia en las universidades medievales, los llamados Estudios generales, como las de Montpellier, de Salerno, y las universidades españolas de Alcalá, Salamanca, Toledo, etcétera. De modo que la publicación de libros médicos en estas ciudades fue considerable.


Libro y lectura
Es cierto que hay que diferenciar entre la historia del libro y la historia de la lectura, como señala Chartier. Pero, ambas disciplinas están íntimamente ligadas en nuestro estudio.
La forma de acercarse a los libros, incluso de entender los conocimientos que contienen son diferentes, es verdad; pero, sea mediante lectura en silencio (yo leo para mí y aprendo), o sea lectura oral (alguien lee y explica el saber de un libro, mientras otros escuchan, y aprenden), la comprensión de ese saber es lo importante, y precisamente la percepción de esa sabiduría, escuchada o leída, es lo fundamental; ya sea con un volumen o un códice de la Antigüedad, ya con un libro manuscrito medieval, o impreso del Renacimiento, o con un e-book de los actuales; en definitiva el objeto, material o virtual, que guarda el saber.
De manera que hoy en día, la investigación y la afición a los libros y a la lectura, sea académica, profesional o de ocio y placer, nos permite múltiples posibilidades de acercarnos a la ciencia y a la historia de la sanidad, pues, como vuelve a indicarnos Chartier:

«El mundo digital multiplica… permite una comunicación inmediata, de acceso a una inmensa cantidad de textos… Es evidente, pues, que la revolución tecnológica actual ha transformado las relaciones entre el lector, el texto y el autor. Para mí lo esencial reside en la transformación de la relación entre fragmentos y obra. Por cierto, no ha sido con la revolución digital cuando ha aparecido la lectura que fragmenta los textos y los transforma en lugares comunes (como en el Renacimiento), en antologías de extractos (como en el siglo XIX) o en libros de "textos escogidos" (como en las clases del siglo XIX o XX). Y no es la primera vez que una lectura discontinua puede elegir en un libro pasajes particulares. Pero en la cultura del codex la materialidad del libro imponía al lector una percepción, si no una lectura de la obra en su totalidad, coherencia, identidad» (Peña Díaz, 2010, 4)


El libro «… no va a morir como discurso, como obra cuya existencia no está atada a una forma material particular. Los diálogos de Platón fueron compuestos y leídos en el mundo en rollos, fueron copiados y publicados en códex manuscritos y después impresos, y hoy pueden leerse en la pantalla. Tampoco va a morir el libro como objeto, porque ese «cubo d papel con hojas», como decía Borges, es todavía el objeto más adecuado a los hábitos y expectativas de los lectores que entablan un diálogo intenso y profundo con las obras que les hacen pensar y soñar…” (Chartier, 2007:  127-128)



Dos breves citas sobre libros médicos


El “padre” de la medicina. Antigua Grecia, siglos V y IV a.C.












Sabio médico del siglo XII. Toledo.
Fuente: Pansier, Congregatio sive liber de oculis, tratado primero, p. 87.













Con estas dos breves citas los sabios dejaron en la impronta de la trascendencia y provecho del conocimiento de los libros antiguos, no solamente para el saber científico de la medicina sino, también, para la historia de la disciplina.


Bibliografía
-Cavallo G. Chartier R. et all. Historia de la lectura en el mundo occidental. Santillana Ediciones Generales, S. L.: Madrid; 2004.
-Chartier R. La muerte del libro. Co-herencia 2007; 4(7): 119-129.
-Díaz Díaz MC. “El códice visigótico de la Biblioteca Provincial de Toledo: sus ‘problemas literarios’. En VV. AA. Homenaje a Antonio Tovar, Gredos: Madrid; 1972; págs. 105-114.
-Font y Roura R. Las ocho épocas Atlas histórico-bibliográfico de las ciencias médicas, que comprende la Medicina, Cirugía, y Farmacia, con los acontecimientos, obras, autores, sistemas, doctrinas, etc., pertenecientes a dichas ciencias desde los tiempos fabulosos más remotos hasta el día. Imprenta Ramón M. Indar: Barcelona; 1845.
-Hernández Morejón A. Historia bibliográfica de la Medicina Española. Vol. I. Imp. de la Vda. de Jordán: Madrid: 1842.
-Pansier P. Congregatio sive libre de oculis. En: Collectio Ophtalmologica Veterum Auctorum. Librairie JB Bailliere et Fils.: Paris; 1903. En: https://archive.org/details/b24869995/page/n6/mode/2up
-da Penne L. Códice misceláneo toledano (BPE de Toledo, MS. 381, Fol. 26 v.) BVPB20070008362.

-Peña Díaz M. Las revoluciones del libro y la lectura: del códice al hipertexto. Entrevista con Roger Chartier. Álabe 2010; 1: 1-7. (En: http://www.ual.es/alabe)





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